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“Puedes comer, está
limpio“
Creuza Maria
Oliveira
Presidenta del Sindicato de los Trabajadores Domésticos
del Estado de Bahía, Presidenta de
la Federación Nacional de los Trabajadores Domésticos de Brasil
y Secretaria de Derechos Humanos de CONLACTRAHO. |
Me remito a la
colonización de las Américas y, consecuentemente, a la esclavitud de
los pueblos africanos, para hablar de la discriminación y el racismo en
el Brasil. Ese sistema que negó la humanización de los pueblos
sometidos y en el que fueron tratados como cosas.
La sociedad
brasilera se estructuró y desarrolló gracias al trabajo esclavo -fue
el país que recibió el mayor contingente de africanos esclavizados,
cerca de 4.500.000 personas- y se perpetúa hasta hoy esa desigualdad en
los aspectos económicos, culturales, sociales, educativos, etc.
Mi historia no es
diferente de tantas otras, mujeres negras trabajadoras domésticas
pertenecientes a familias pobres. Expulsadas del interior de Brasil por
la miseria y las precarias condiciones de vida,
estas familias están obligadas a enviar hijos e hijas como mano
de obra barata. La mayoría llega a los grandes centros siendo todavía
muy pequeños y ese trabajo infantil es una de las llagas de la
desigualdad y la explotación en la sociedad brasilera.
Quedé huérfana
de padre a los cinco años,
y a los 10, mi madre fue a vivir maritalmente con una persona que no
aceptaba a sus tres hijos (infelizmente, ella también murió cuando yo
tenía 13 años). Fui entonces a trabajar en una casa de familia, con la
promesa de colocarme en la escuela; tenía como tarea hacer todo el
trabajo de la casa y cuidar a una criatura de dos años. Lejos de mi
familia y de mis seres queridos, sentiría la discriminación que marcaría
mi vida para siempre. Los
patrones hacían bromas a costa de mi familia y de mi persona,
principalmente por mi cabello. Recuerdo que una vez, en una de las
visitas de mi madre, ella escupió en el patio del fondo, práctica común
en el interior. Cuando se
fue, la dueña de casa hizo que yo lavase todo el patio y pasase el
trapo en toda la casa, en clara alusión, como entendí más tarde, de
que mi familia y yo éramos sucias. Convivía con los niños de la casa
pero sentía el tratamiento desigual para conmigo, también niña. Mi
almuerzo era hecho por la patrona con los restos del plato de sus hijos,
ella decía: “Puedes comer, está limpio”. El plato en el que yo comía
era distinto al de los otros y quedaba guardado abajo de la pileta. Me
ponía como ejemplo diciéndole a los hijas
“si no estudian, van a
ser sirvientas”. Fue un largo proceso de negación de mi misma, de mi
humanidad, al mismo tiempo que perdía mi infancia junto con la muerte
de mis padres. Mis tareas y las constantes humillaciones, no me permitían
ser niña. Saltar, fantasear, y mucho menos, ir a la escuela como me habían
prometido. Cuando mis patrones salían para pasear los domingos, mi
lugar era atrás, cargando y siendo responsable de la criatura de dos años,
un esfuerzo sobrehumano para una niña de 10 años de edad.
Yo quería que
fuese diferente. Era la primera en levantarme, no podía visitar a mi
familia, no podía estudiar, hacer amigos, y era siempre responsable de
la niña pequeña. Pero yo también era una niña y trabajaba como un
adulto.
La ilusión de
salir del interior, trabajar en la ciudad e ir a la escuela, no se
concretó.
Cuando me
visitaba, de seis en seis meses, a mi madre le daban restos de comida,
ropa usada y 20 reales (cerca de 8 dólares) como “paga” por mis
servicios.
En este período,
mi mayor sufrimiento era que me golpearan por cualquier motivo, siendo
tachada de lenta, de idiota, de perezosa, etc. Como cualquier niña era
curiosa, y cuando la patrona no estaba en la casa, su padre, de 60 años,
me mostraba sus genitales, se masturbaba y pedía que lo tocara. No tenía
la noción de que estaba sufriendo abuso sexual.
En estos más de
30 años de profesión y después de un período de construcción de mi
militancia en el Movimiento Negro Unificado, en el movimiento de mujeres
y en el movimiento sindical, constato que el trabajo doméstico continúa
con la misma práctica, inclusive en los países de América Latina como
México, Perú, Argentina, Guatemala, donde las trabajadoras son
personas que continúan siendo irrespetadas, violentadas y explotadas.
La diferencia del
trabajo doméstico no se da solamente en la práctica generalizada sino
que se evidencia también en la ley, pues legalmente el trabajo no es
considerado “nem régio” por las leyes laborales. La ley 5858/72 que
reglamenta la categoría trabajador doméstico, lo (la) define como
“... aquel que presta servicios de naturaleza continua y de finalidad
no lucrativa…la persona o la familia en el ámbito residencial de éstas”.
En una sociedad
machista, racista y clasista, una actividad social,
culturalmente asociada a las mujeres, compuesta mayoritariamente
por mujeres negras, definida como sin finalidad lucrativa, no es
valorizada. Esta realidad del no reconocimiento al valor social del
trabajo doméstico, no se constata solamente en Brasil sino en la mayoría
de los países latinoamericanos.
La historia de mi
vida se confunde con mi profesión y ésta nortea todas las actividades
que hoy realizo.
Cuando se es una
niña no reaccionamos y a veces hasta creemos que es normal ser
violadas, sin embargo
siempre tuve sed de saber y esperanzas por el cambio y busqué una forma
de luchar contra las injusticias que viví. Hoy lucho en varias
instancias, COLACTRHA0 (Confederação Latino Americana e do Caribe de
Trabalhadores do Hogar), Sindoméstico (Sindicato dos Trabalhadores Doméstico
do Estado da Bahia); el Movimento Negro Unificado, donde aprendí a aceptarme como
negra y a no tener verguenza de mi misma, de mi cabello, de mi color de
piel; y el Conselho Estadual de Mulheres, con el sentido de buscar
igualdad, reconocimento y garantía de los derechos
humanos sociales y laborales de las trabajadoras domésticas.
La discriminación
sobre la categoría laboral es, además de física, también sicológica,
y deja huellas tan profundas que solo puede ser reparada con atención
especializada. La violencia sobre nosotras se desencadena en el espacio
privado, con formas muchas veces “cordiales” pero sin tener un
reconocimiento de ciudadanía, sin un espacio para vivir puesto que
muchas viven en el mismo lugar de trabajo y están siempre a disposición
del patrón sin tener una jornada laboral determinada por ley. Se pierde
así la conexión con el resto de la sociedad, se carece de horario para
el placer y la distensión, para cuidar la salud y simplemente vivir la
vida y constituir una familia. El simple derecho de ir y venir es
violentado sin contar con que la separación y distanciamiento de su
familia ya constituye un acto de violencia.
La dominación y
opresión ejercida por los patrones en este espacio privado se va
transformando en un lavado cerebral, y ese casi confinamiento lleva a
aceptar cualquier información como verdadera, sin que haya oportunidad
para el análisis crítico ni siquiera sobre la situación en que uno se
encuentra. Y por si fuera poco, muchas veces los medios de comunicación
trasmiten una imagen irreal de su lugar en la sociedad. Cuando se tiene
acceso a la escuela, siempre en horario nocturno, esta escuela no es de
calidad, no valoriza al ser humano, no trabaja su autoestima ni su
ciudadanía. Todo esto lleva a la pérdida de su identidad, y las
costumbres diferentes adquiridas en su lugar de trabajo la llevan a soñar
con una realidad que no es la suya. Y todo esto sucede hoy. Todavía.
Es necesario que
haya un compromiso de los gobernantes con los sindicatos en el sentido
de deconstruir un proceso de 500 años de personas que se hicieron ricas
con el poder basado en la explotación del trabajo de las mujeres y los
hombres negros.
Algunos datos
sobre la categoría “trabajo doméstico”:
Ø
De acuerdo con datos de IBGE (Instituto
Brasileiro de Geografia y Estadística), en 1995, en el estado da Bahia
existían cerca de 327.168 trabajadoras domésticas.
Ø En
la categoría trabajadora doméstica, los blancos son 6,1% los pardos
llegan a 8,8% y los negros a 14,7%. Según datos de IBGE/97.
Ø Datos
del año 2000 revelan que 54,2% de las mujeres negras, en Salvador están
en ocupaciones en situación de trabajo vulnerable, en esta situación
está incluído el trabajo doméstico, los trabajos familiares no
remunerados y los asalariados sin permiso laboral.
Ø El
índice de rendimiento medio de una mujer negra, en el año 2000 (primer
semestre) en Salvador, es de 43,33 en relación a 100,00 del hombre
blanco.
Ø El
analfabetismo entre la población negra fue del 22,2% contra el 9,0% de
la población blanca de Brasil, en 1997.
Ø El
número de mujeres negras que no contribuye en el Instituto de Previdência
es de 58,9% de la población ocupada en la región Nordeste/Sudeste, en
1997, lo que puede ser resultado de la elevada concentración de
trabajadores en condiciones laborales precarias.
Ø La
tasa de participación de la mujer negra en el mercado de trabajo, en
Salvador, en el primer semestre de 2000, fue de 54,5%.
Ø El
porcentaje de trabajadores domésticos negros, en Salvador, en 1998 era
cuatro veces mayor que el número de blancos en la misma función.
Ø Es
la mujer quien recibe el menor rendimiento medio en términos de salario
mínimo, cerca de 1,4.
Fuente:
Home Page:http://www.mte.gov.br/gm/discrimin/disc_10.htm
(Programa de Combate á discriminação no Trabalho e na
Profissão); BENTO, Maria Aparecida. Palestra proferida no Seminário
relações Raciais e Desigualdades Econômicas: Câmara dos
Deputados,Coordenação de Publicações, 2000. 67 p.
(série parlamentar; n.104); Mapra da População Negra no
Mercado de Trabalho. INSPIR. São Paulo. 1999
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