En la mira de los Fundamentalismos


Giulia Tamayo

 

Hacia la primera década del siglo XX, un grupo protestante en los Estados Unidos que sostenía la verdad literal de la Biblia,  lanzó una hoja de publicación periódica llamada “The Fundamentals”. Así el término fundamentalismo comenzó a circular asociado a expresiones religiosas ultraconservadoras y rigoristas de la órbita protestante, pero también años después para aludir al integrismo católico surgido en Francia.1 Luego el término se haría extensivo para designar a las expresiones religiosas de corte extremista e intransigente de diverso signo, especialmente aquellas con agendas exigentes de fusión de las esferas política y religiosa.2 

 

Una nueva extensión del término fundamentalismo se produciría al hacer referencia a un pensamiento excluyente que adopta con fervor dogmático una verdad y no admite discusión alguna respecto de sus fundamentos. Así se ha aplicado el término a ciertas manifestaciones o planteamientos que no siendo de orden religioso, sin embargo, han construido un halo de devoción que pretende dejar fuera a la razón crítica. Es el caso de fundamentalismos políticos, tecnocráticos, económicos o incluso aquellos con pretensiones cientificistas.

Parece evidente que iniciado el siglo XXI, los fundamentalismos y las tensiones que su avance produce, confrontan el piso sobre el cual diversos movimientos sociales habían proyectado la construcción de un mundo más libre y más justo, menos arrojado al abismo de colapsos globales, colectivos o personales. Dicho piso implicaba el reconocimiento del valor de la persona como fin supremo, cuya autonomía e igualdad en derechos imponía límites expresos al poder que buscara someterlos instrumentalmente a intereses de orden político, económico o religioso. Desde una comprensión del ser humano como agente en la racionalización del mundo, toda comunidad política debía dirigir sus esfuerzos a construir entornos y relaciones que redujeran la adversidad para las personas y alentaran sus capacidades sin discriminación. La construcción de tales entornos y relaciones había de basarse en el respeto, protección y realización de un conjunto de derechos reconocidos a todos los seres humanos por el hecho de ser tales (universalización de los derechos humanos), y en el desarrollo de interacciones conducidas y argumentadas sobre bases razonables, vale decir que pudieran sostenerse en la razón, ser comunicadas, examinadas, valoradas u objetadas desde esa condición común compartida por la humanidad.

 

Los fundamentalismos contemporáneos apuntan al derrumbe simultáneo de la razón y su agente, el sujeto autónomo, buscando su sustitución por el sujeto heterónomo que pliega sus alas ante dictados determinados fuera e incluso en contra de su razón.

 

Las promesas de la modernidad se han disuelto, predican los nuevos profetas. Se ha de vivir sin más horizonte que un presente indeseable. Las penúltimas resistencias cotizan a la baja, según los entusiastas creyentes de la religión de los santos del fin de la historia. Los perdedores anunciados cuentan con insuperables ofertas de diverso signo sobre planes divinos de salvación para aliviar fracasos individuales y colectivos. Para protegernos de la perdición, el deseo y el fruto prohibido se irán con la tala del último árbol. La aceptación pasiva de la adversidad, hay que reconocerlo, es una experiencia humana posible. Muchos despotismos prosperaron administrando en su beneficio esa derrota humana.

 

En la mira de los fundamentalismos  está la persona, sus deseos y sus proyectos de vida. Están los símbolos que pongan de manifiesto la disidencia. Está la palabra que pueda hacer frente al verbo incontestable. Están nuestros cuerpos, los territorios reales y virtuales. Apuntan a nuestros miedos para su gobierno. Nos alientan al miedo hobbessiano, al miedo al otro, sea próximo o lejano. Nos hacen rehenes de nuestros pánicos, culpas y odios.  Su proyecto es la víctima obediente que acepta su derrota. La víctima perfecta, el sacrificio que prueba la potencia del dios verdadero al cual nuestra razón no puede objetar. Isaac, no te fíes de Abraham.

 

Y sin embargo hay irreductibles que no inclinan su razón a los predicadores de dogmas incuestionables y asumen los riesgos de la apostasía.  Hay de los que organizan colectivamente sus resistencias y hay de los que hacen gestos personales a modo de rituales de transgresión cotidiana. Seattle, Génova, Barcelona, se enlazan con la sencilla expresión de un jubilado en Buenos Aires, el inmigrante que alcanza una costa en Tarifa, la mujer que, aquí o allá, burla los dictados sobre su cuerpo y su vida que jerarquías religiosas o seglares pretenden imponerle.

A los fundamentalistas no sólo les inquietan los hechos de transgresión, les quita el sueño el volumen de potenciales transgresores, por ello hoy persiguen a quienes den el perfil. Las mujeres estamos en la mira. Nos designan a la medida de sus proyectos y nos asignan destinos implacables. Encorsetadas, invisibles, duales entre la virtud y el pecado, honor y deshonra de los guerreros, ángeles por caer, exigidas de tutela.

 

 

Giulia Tamayo, feminista activista por los derechos humanos. Actual Coordinadora de Acción de la Sección Española de Amnistía Internacional.  

Las mujeres somos el factor simbólico en torno al cual a lo largo de la historia y bajo diferentes horizontes culturales, una amplia gama de religiones y proyectos políticos han hecho gravitar la representación obediencia/desobediencia, sumisión/transgresión. Bourdieu también llama la atención sobre la representación agente/instrumento que subyace al sistema sexo - género que  subordina a las mujeres. La dualización genérica del mundo, no admite racionalizaciones de paridad, rechaza ubicaciones que desafíen los lugares predeterminados por la naturaleza o las verdades reveladas.

 

Si el fundamentalismo talibán sometió a la población femenina, no es menos cierta la responsabilidad de ciertos gobiernos occidentales, en particular de Estados Unidos en armar a tales expresiones de cara a supuestos intereses nacionales. En Afganistán las mujeres fueron un peón en las luchas internas masculinas, pero las vidas de aquellas tampoco habían contado entonces para quienes luego interesadamente y con vistas a la intervención militar post 11 de septiembre, han pretendido pasar por el brazo justiciero y liberador de las mujeres afganas.

 

En los Estados del Norte de Nigeria, los tribunales de ley islámica (shari’a) imponen muerte por la lapidación a las mujeres que procrean un hijo fuera del matrimonio, y flagelación a aquellas que tienen relaciones sexuales prematrimoniales.3 Pero también en Nigeria se han producido muertes, desapariciones y abusos cometidos contra mujeres organizadas que defendían ante las petroleras los recursos de sus comunidades y demandaban beneficios para la población.

 

En América Latina, las élites políticas se inclinan ante las instrucciones de la jerarquía católica, mientras miles de mujeres mueren en el marco de leyes y políticas inspiradas en exigencias fundamentalistas que las privan de derechos y condiciones para proteger su salud y realizar sus proyectos de vida. Esas mismas élites insisten en que no hay otro mundo posible que no sea el marcado en torno a la protección suprema del capital.

En los Estados Unidos son blanco de ataques, incluso mortales, las personas que atienden servicios para la interrupción del embarazo. Hoy, la actual administración norteamericana busca imponer el silencio a las organizaciones de mujeres que abogan en sus países por el derecho a interrumpir un embarazo no deseado y a hacerlo en condiciones que no expongan la vida de las mujeres. Al fundamentalismo religioso articulado a los grupos en el poder en los Estados Unidos, se suma el de corte político que a escala global advierte a todas las naciones que la verdad fundamental es la determinada por el Dios que salvaguarda el estilo de vida americano, los intereses de los Estados Unidos, específicamente los intereses del gran capital. Así, esa misma administración busca minar tratados internacionales, como el de la Corte Penal Internacional, vía acuerdos bilaterales que aseguren la impunidad de los  agentes norteamericanos.

 

En el mundo se producen a diario muertes causadas por hambre en un número largamente superior a las muertes registradas el 11 de septiembre. Ninguno de los dos grupos de víctimas en verdad cuentan. Las primeras, invisibles hasta la hora de su muerte, las segundas, blanco e instrumento para la venganza, donde la barbarie primera siempre puede ser superada por su respuesta una vez trazado “el eje del mal”.    

En la mira de los fundamentalismos está la persona, sus deseos y sus proyectos de vida. Están los símbolos  que pongan de manifiesto la disidencia. Está la palabra que pueda hacer frente al verbo incontestable. Están nuestros cuerpos, los territorios reales y virtuales.

Bertold Brecht advertía con desolación la experiencia de vivir en tiempos sombríos. Tiempos de propaganda visceral con pretensión de colonizar nuestra razón y nuestras emociones. Pandora, demasiado insumisa para los dioses, ha descubierto que la esperanza tiene que ver con la imaginación.

 

   1 Ver: Informe sobre las Mujeres y el Fundamentalismo, Comisión de Derechos de la Mujer e Igualdad de Oportunidades, Ponente: María Izquierdo Rojo, Documento de Sesión del Parlamento Europeo, con fecha 25 de octubre de 2001, Final A5 – 0365/2001, RR/287060ES.doc  

   2  Así, en las últimas décadas el término fundamentalismo cada vez más ha sido asociado a movimientos y colectivos o incluso regímenes inspirados en el wahabismo islámico. Sin embargo, debemos llamar la atención también sobre los fundamentalismos emergidos desde la esfera cristiana y judía, y la influencia de estas tendencias dentro de las estructuras de poder religiosas y políticas. En la órbita católica, además del nacional-catolicismo, debe advertirse el discurso y acción de corte fundamentalista desplegado intensamente durante el actual papado en desafío al desarrollo, protección y realización de derechos y libertades fundamentales de diversos y extensos colectivos de personas, en particular, mujeres, minorías sexuales, adolescentes y quienes se encuentran afectados por una gama de enfermedades que dependen de avances científicos a los que se opone un pensamiento fundamentalista.