Mercado: mito racional y anti-utopía

Angela Ganem - Hildete Pereira de Melo

 

Los medios de comunicación contemporáneos, exacerbados por los eventos del 11 de setiembre del 2001, han colocado a la orden del día la temática de la intransigencia y de la verdad absoluta como principios fundamentales que rigen la organización de la sociedad. Los discursos del presidente norteamericano convocando a sus ciudadanos para una cruzada contra el terrorismo es uno de los ejemplos contundentes de ese fundamentalismo de la razón blanca anglo-sajona. La construcción de las sociedades de mercado, iniciada en la transición para el capitalismo en el siglo XV culminó en el siglo XVIII con la Revolución Industrial y el advenimiento de las sociedades democráticas. Este ideario liberal se manifestó en la política y en la economía de las sociedades occidentales como un Iluminismo progresista que abogaba por la universalización de los derechos sociales en un orden liberal-pluralista.

 

Aún así desde los años 60 del siglo XX, presenciamos un desmontaje del orden económico internacional que confluyó hacia un cuestionamiento radical de la existencia de cualquier sentido histórico libertador, fundado racionalmente en una necesidad que pudiese ser descubierta por la filosofía o por la economía política y negociada por la acción conciente de reformadores iluministas o revolucionarios socialistas (Fiori, J.L., 1995, 178). Probablemente la transformación mas importante de estos últimos veinte años, y que el 11 de setiembre del 2001 consagró fue realizada en el plano ideológico: la victoria completa y casi universal de los liberales conservadores trajo efectos profundos y perversos para el mundo actual. La utopía socialista derrotada con la caída de los regímenes comunistas del este europeo y la progresiva desregulación de la economía en el resto del mundo bajo la égida del conservadurismo liberal es tal vez la más seria derrota de la izquierda en el siglo XX.

 

¿Cómo pasó eso?

El ideario liberal ha sido impuesto por el nuevo orden económico; en todos los países ricos, los partidos políticos (inclusive los socialistas) terminaron adhiriéndose, durante los años noventa, a la nueva estrategia delineada por el proyecto neoliberal económico. Una nueva utopía es gestada apoyada en el lenguaje económico, que se transformó en una apología sin precedentes de la propia economía y de la realidad. Actualmente son esas las ideas adoptadas en todo el mundo, ciudadanos y gobiernos sueñan y defienden las mismas soluciones para todos los países. El presente trabajo tiene como objetivo mostrar la construcción teórica del ideario liberal como respuesta a la naciente sociedad industrial, y su actual retorno, en el punto más alto de la crisis de la historia, de la incredulidad en el progreso, y de la ruptura económica-política global.

 

El principio organizador de esta utopía es el concepto deificado de “mercado” que surge como respuesta eficiente para la organización de las sociedades civiles. No hay mas creencia en la posibilidad de las instituciones, y un concepto puramente económico como “mercado” gana privilegios de mito organizador de un nuevo mundo. En ese mundo solamente los más competentes sobreviven, empresas o individuos. Hombres y mujeres son criaturas racionales, capaces de reconocer sus intereses y de descubrir los mejores medios de satisfacerlos.

 

El concepto de “mercado” surgió de la integración entre el liberalismo clásico y el moderno. En líneas generales el mercado es una abstracción, y se define como el lugar donde, de manera racional y autónoma, “agentes” anónimos se encuentran para comprar y vender mercaderías. En un mercado ideal los “agentes” hacen sus elecciones de acuerdo con el principio de maximización y plena información, lo que lleva a resultados eficientes en la asignación de recursos. El mercado típico es aquel en el cual los bienes tangibles o el trabajo son cambiados por moneda facilitando así las transacciones, y en el cual los agentes son individuos. El “agente” tanto puede ser una ama de casa, como una empresa, como un país. El comportamiento de los agentes económicos individuales determina, en condiciones generales, el equilibrio de la economía. Esta teoría está ligada a la ideología del individualismo y del liberalismo económico. La economía se compone solamente de agentes que maximizan -utilidad y placer- que poseen dinero, máquinas, mano de obra, para que mediante cambios en el mercado puedan obtener los bienes y servicios que desean. A partir de esta premisa la famosa mano invisible smithiana se vuelve la principal ley de la economía, pues no se hace necesaria ninguna intervención del Estado en la economía. Al contrario, la intervención desequilibra los mercados y produce injusticia.

 

El pensamiento liberal quiere, por lo tanto, fundamentalmente al Estado lejos de la organización de la actividad económica, pues las leyes naturales del mercado se encargarán de dinamizar el desarrollo social y económico. Esas leyes naturales presuponen la competencia perfecta, la libre competencia entre los productores,  determinan el precio de las mercaderías. El mercado eliminaría así a los productores más débiles y regularía la actividad económica, sin la intromisión del Estado. Las diferencias de riqueza dejan de existir. El libre mercado no comete injusticias: las diferencias se explican por las diferencias entre los individuos tales como: sexo, escolaridad, inteligencia, empeño. Pero, ¿qué son las leyes naturales? Son una abstracción. La competencia es la base del capitalismo pero no es, nunca fue y está lejos de ser perfecta. La historia económica del siglo XX demuestra esto a la perfección. A continuación veremos cómo algunos de los más importantes teóricos liberales definieron el concepto de mercado. Sus teorías marcaron la Historia del Pensamiento Económico y la Historia de las Ideas porque entendieron al Mercado de forma mucho más amplia que un mero local de cambios: el mercado para estos tres grandes pensadores liberales se volvió la propia expresión de la organización de la sociedad, o sea, el mercado como orden social.

 

 


 

Angela Ganem,

economista  brasilera de la Universidad Federal Fluminense.

Hildete Pereira De Melo, economista brasilera. Vice Presidenta del Instituto de Economistas de Rio de Janeiro.

Los Teóricos Liberales y la Sociedad de Mercado1
 

Las grandes teorías liberales tienen algo en común: pensar al mercado como una teoría general de la sociedad y proveer los atributos científicos que garanticen su supremacía frente a otras formas de organización de la misma. Esta concepción del mercado como alternativa social  aparece originariamente en la Historia de las Ideas en la solución de Adam Smith frente a los filósofos del contrato, asume una forma lógica – demostrativa en Walras y en los  despliegues matemáticos contemporáneos de mainstream de la teoría económica, para cristalizarse en las aventuras darwinistas de los libertarios de la escuela austriaca, en especial en Hayek, en la que la historia realizaría el auto desarrollo del mercado.

 

Adam Smith es considerado una de las grandes figuras de la modernidad. Su solución del orden que emerge del mercado sustituye la noción de contrato y traslada las disciplinas hermanas de la explicación de una lógica para los fenómenos colectivos: “fue pensando en la sociedad como mercado que Adam Smith revolucionó el mundo”. (Rosamvallon, 1989). Solo es posible entender la fuerza y la superioridad de su solución frente a la solución de los filósofos contratistas (Hobbes, Rousseau, Locke)  si lo consideramos entre los grandes pensadores de la modernidad, entre aquellos que aceptaron uno de los mayores desafíos teóricos de la filosofía política, que es: explicar la emergencia y la regulación del orden recurriendo única y exclusivamente a la imponderable y compleja acción de los individuos. Se trata de proveer una explicación para la lógica de los fenómenos colectivos a partir de una “démarche” individual prescindiendo definitivamente de la explicación divina. Si, para el orden físico, la cuestión fuera expulsar los ángeles del cielo (Gusdorf, Koyré) descubriendo un método (Descartes) que descifrase la inteligibilidad física del universo (Galileo, Newton), para el orden social se volvería necesario pensar en la sociedad como un orden instituido y al hombre como fundamento de la sociedad. Se imponía encarar una sociedad desencantada (en términos weberianos) que no sería ya establecida sobre una exterioridad, sino sobre ella misma.

 

La solución magistral de Hobbes supone el contrato para la explicación de la emergencia y la institución del orden, elemento del que Adam Smith prescinde en su construcción teórica. El orden smithiano es comprendido, explicado e instituido por la emergencia no intencional de la acciones individuales movidas exclusivamente por la persecución de sus intereses privados. El vicio privado mandevillano es superado por la noción de interés, idea desvinculada del pecado y que, unida al concepto de mano invisible, suministra inteligibilidad teórica necesaria al orden social que se instaura.

 

Dos lecturas se presentan para la comprensión del nacimiento de la economía y para la explicación de la emergencia del orden liberal. En la primera lectura2, la moral es totalmente descartada en la creación de la economía, el interés redunda en self interest y Adam Smith, filósofo de la Teoría de los Sentimientos Morales, supera la inconveniencia de los juicios morales recortando la acción de los agentes y definiéndose como economista. Una segunda lectura (expresada contemporáneamente entre otros, por Dupuy, 1989) cuestiona este reduccionismo impuesto al filósofo moral Adam Smith y no acepta la idea del nacimiento de la economía libre de la moral y del comportamiento del sujeto smithiano libre de enjuiciamientos morales. Además cuestiona el postulado de que un pensador, para analizar un fenómeno económico, precisa reducirlo expulsándolo de  todo o de cualquier juicio moral. Aunque en la historia del pensamiento económico ésta haya sido una de las cuestiones en la que más se gastó tinta (titulada Das Adam Smith Problem)3 lo que parece haber quedado de la controversia y permanecido como el gran legado fue el mito de la mano invisible como el único mecanismo automático y regulador del mercado y que por lo tanto toda y cualquier moralidad, valores o el Estado son innecesarios. La primera lectura, considerada triunfante aboga la garantía de una mano invisible que instrumenta deseos individuales, encapsula valores y moral y se traduce en una fórmula perfecta definidora del mercado: el mercado y el orden que él representa son la expresión de la emergencia inintencional de un gran número de personas movidas por sus propios intereses personales. El mercado, como dirá Hahn dos siglos más tarde, repitiendo la idea smithiana de la mano invisible, “impone al orden en el caos potencial” (Hahn, 1986). Una solución teórica que hizo de Adam Smith uno de los grandes teóricos de la modernidad y de su teoría la mayor referencia de las teorías del mercado: de los mainstream a la escuela austríaca pasando por Gary Becker, todos lo evocan y disputan ser sus legítimos y fieles herederos.

Aún así en el origen explicativo del orden liberal sobreviven polémicas sobre el sujeto smithiano y sobre la naturaleza del fenómeno económico, las exigencias del positivismo científico requeridas a lo largo de los siglos XVIII y XIX no dejarán más dudas sobre el camino de axiomas a seguir por una ciencia carente de pruebas y encantada por el espejo de la física. Para una ciencia que exige como suyos los criterios newtonianos de cientificidad y que se define como análoga a la mecánica clásica (Walras, 1952) solo le resta asumir el deseo incontenido y consciente de volverse un día hard science expulsando definitivamente de sus dominios a la moral y al Estado. En primer lugar, se defiende la pasión smithiana de mercado como teoría general de la sociedad. Luego, se procede al pasaje epistemológico del orden explicado a partir de una herencia empírica y unida a un proyecto baconiano-praxiológico de ciencia rumbo a una ciencia que se definirá en sus fundamentos como esencialmente racionalista y apriorista. En este punto, la matemática, la formalización y la modelización pasan a ser los criterios soberanos definidores de cientificidad (Ganem, 1989, 1993).  

El comportamiento de los agentes económicos individuales determina, en condiciones generales, el equilibrio de la economía.

Ahora no basta con afirmar que los intereses individuales producen algo que se traduce en la noción colectiva de bienestar para todos. Es necesario, imprescindible e inaplazable demostrar lógica-matemáticamente la superioridad del mercado como forma de organización de la sociedad. Será éste el desafío que Walras enfrentará dentro de su perspectiva de transformar la ciencia económica en un bello y poderoso teorema. A partir de un abordaje axiomático, ideal, de hipótesis irreales y de parámetros altamente restrictivos pretenderá demostrar que el orden del mercado es “equilibrado”,”estable” y “óptimo”; y en cierta forma revelar, a partir de esta ambición demostrativa, el deseo ascético de construir apriorísticamente los fundamentos rigurosos de una ciencia exacta. Este camino inaugurado por Walras será retomado en la década de los cincuenta de este siglo y tendrá como gran marco teórico los desdoblamientos matemáticos de Arrow y Debreu expresados en la demostración de la existencia del equilibrio y en el enunciado de los teoremas del bienestar (Arrow y Hahn,1971). Pero si la demostración de la existencia y de la “optimicidad” puede ser considerada un suceso incontestable (si nos abstrajéramos de las dificultades de los defectos externos en el caso del orden óptimo) dando nuevo auge al designio demostrativo de los neoclásicos,  la cuestión de la estabilidad es algo que tiene una  demostración inalcanzable. En verdad ella denuncia las dificultades teóricas de darse cuenta de la complejidad y expone la tensión existente entre lo coherente (lógico-matemático) y lo complejo en el ámbito de la teoría neoclásica. En un trabajo reciente, surgió que la misma fuente demostrativa que nutre y da vigor al proyecto de mercado evocado por los mainstream, nos suministra  los elementos señalizadores de sus impasses lógicos y paradójicos que por su propia naturaleza, colocaron en jaque la ambición racionalista y mostraron la dificultad de transformar la economía en una prueba lógica (Ganem, 1996).

 

Si los criterios excluyentes de matematización  y de modelización del fenómeno económico tienen por un lado, el retorno a la economía cada vez más complicada e irrelevante (Tolipan, 1992) y decadente (Morishima, 1992), no tienen, por otro lado, ni quebrada ni amenazada la hegemonía de los mainstream entre las corrientes teóricas contemporáneas de la economía. En este camino de axiomas y complejidades crecientes de cálculos, el sujeto smithiano fue sustituido definitivamente por el hombre económico racional, un ser abstracto, atomizado y movido por un cálculo racional. La noción de bienestar clásica fue sustituida por la noción física de equilibrio y lo económico eliminó definitivamente de su disciplina al Estado, a la moral y a cualquier enjuiciamiento valorativo.

 

Consideramos que desde el punto de vista filosófico esta ambición racionalista de transformar la economía  en un  acto lógico o en un poderoso teorema solo puede ser explicada por el mito de la omnipotencia de la razón que pretende que un mundo idealizado obedezca al orden intrínseco, al mercado, capaz de ser revelado, de una vez por todas, redefiniendo al hombre moderno de la crítica heideggeriana4. Será a través de esta veta filosófica ya trillada por muchos críticos a la razón que Hayek articulará en un solo pensamiento la crítica filosófica a la razón cartesiana como una defensa teórica contemporánea del mercado.

 

La defensa del mercado en Hayek extrapola los límites de la economía o de cualquier disciplina stricto sensu  para colocarse en el plano de la filosofía social y de la teoría de la historia. La consecuencia directa de esta ambición de su pensamiento es una reapertura de nuevos horizontes teóricos para el viejo proyecto liberal de mercado. Contra el pensamiento unitario de los neoclásicos y la distancia entre la demostración lógico-matemática y la construcción de mercado, Hayek responde con “souplesse” teórica, criticando desde los límites tacaños de la racionalidad paramétrica neoclásica a la idea emblemática de equilibrio como noción central de la economía. Pero no se trata solamente de esto. El discurso hayekiano sobre evolución e historia y su crítica a la razón demostrativa refuerza la idea de una razón que supera la lógica demostrativa formal y se instala en el campo de la razón argumentativa o retórica (Perelman, 1970). De hecho, se trata de superar las pruebas lógicas y ponerse en el plano del convencimiento. Gana aquel que sea capaz, a través de argumentos científicos (plausibles pero no necesariamente realizables), de convencer socráticamente a un auditorio universal. 5

 

Pero avancemos un poco con Hayek en su crítica a la razón cartesiana, a la razón constructivista o a la idea tomada de Popper de un racionalismo ingenuo que exige ser sustituido por un racionalismo crítico. Esta visión crítica no solo trae al centro del debate los límites de la verdad y de la razón humana sino que también evita producir hecatombes sociales y servilismo que, en su opinión, tanto el fascismo como el estalinismo produjeron. Su liberalismo es radical en el sentido de que toda intervención introduce desorden y es productora de injusticias. Su crítica a los neoclásicos consiste en la paradoja de la defensa del mercado como mecanismo de ajuste automático y a la presencia necesaria de un Estado correctivo. Para evitar los efectos nefastos del intervencionismo y de lo racional-constructivo sugiere el juego catalítico, puro y espontáneo del mercado: el único capaz de producir riqueza.

 

En este cuadro, el Estado aparece como el legítimo defensor de las libertades individuales. A él le incumbe garantizar los derechos del ciudadano. Solamente las reglas de un gobierno que favorecen el funcionamiento catalizador del mercado aumentarían las chances de todos (Hayek, 1993).

 

 

... el gran legado fue el mito de la mano invisible como el único mecanismo automático y regulador del mercado y que por lo tanto toda y cualquier moralidad, valores o el Estado son innecesarios.

Su explicación de un orden espontáneo que evoca en la base la no intencionalidad de los comportamientos humanos de Adam Smith pretende sustituir el orden racional lógico matemático de los neoclásicos. Partiendo de un mundo complejo (lo que lo aproxima a lo heterodoxo) y de una razón que es poderosa porque sabe sus propios límites, el autor edifica su crítica al orden racional neoclásico. Frente a este orden fabricado (taxis) dado que viene de un plan y de un designio humano y que supone un mundo simple y posible de ser captado por un conocimiento perfecto, Hayek sugiere un orden que es eminentemente espontáneo, pues emana de una praxis de un mundo complejo (Cosmos) y que exige del hombre adaptación a él. Además, de este mundo, al hombre, solo  le es posible anhelar un conocimiento fragmentado, limitado, imprevisible, cortado por dudas e ignorancia. Hayek, en sus fundamentos críticos a la omnipotencia de la razón es contundente: “Nosotros no inventamos nuestro sistema económico. No somos suficientemente inteligentes para esto” (Hayek, 1984, T3: 196). Contra la idea de un mundo simple o de un universo máquina posible de ser captado por reglas metódicas claras y distintas en que se tiene a la matemática como mathesis universalis, Hayek asiente  con reglas oriundas de la praxis, de la experiencia y de la tradición. Reglas que serían trasmitidas por la cultura y que son muchas veces perpetuadas por los hombres antes de ser conocidas y de ser sujetas por las palabras (su analogía conocida a las reglas gramaticales). Todo para marcar una discrepancia radical a la idea de reglas innatas o conocidas por un espíritu humano capaz de desarrollar la civilización y construir en un análisis posterior la historia, la cultura, el mercado o el Estado.

 

Contra la idea de”man makes himself” de Gordon Childe o la idea de que es la razón que crea el hilo de la evolución civilizadora, Hayek aboga por la idea de que ni el espíritu ni la razón son anteriores a la civilización, pero se desarrollaron  simultáneamente con ella. Por lo tanto, su crítica al racionalismo constructivista es visceral, contundente y ataca no solo la matriz cartesiana, sino también la expresión más acabada del ultra racionalismo que es la idea hegeliana de un espíritu absoluto que sabe por la razón soberana las leyes de la evolución de la historia. Comprender la razón y la historia, criticar la omnipotencia de la razón en descubrir leyes permanentes de la historia, son  los ejes centrales del pensamiento hayekiano que permiten articular sus conceptos y comprender el gran sentido de su obra. Su propuesta de orden espontáneo (catalaxia) que se contrapone en todos los planos al orden racional no se agota en contrapuntos conceptuales generativos pero carga la idea subyacente de posibilidad de comprensión de la historia.

 

En contra del constructivismo racional, Hayek reivindica un evolucionismo en que las instituciones y las reglas, producto de la selección natural expulsan en la práctica todo voluntarismo y eliminan cualquier vestigio constructivista. Aún así Luc Ferry, señala una paradoja en el raciocinio de Hayek, la cual consideró extremadamente pertinente y dilucidadora: “el hiperliberalismo de Hayek es un hiper-racionalismo porque él presupone como Hegel que en la historia todo se desarrolla racionalmente y que al mismo tiempo las iniciativas más irracionales participan de la auto-realización de una razón: del mercado (…). La fuerza de preservar los derechos y las libertades de los efectos nefastos del intervencionismo, o liberalismo hayekiano confía todo a la historia o al autodesarrollo del mercado”  (Ferry, 1984). Esto nos permite afirmar que el evolucionismo de Hayek es un historicismo y un economicismo que se realimentan mutuamente: la historia existe y afirma incondicionalmente la auto realización del mercado. Para Hayek, el mercado fue, es y será en última instancia la mejor forma de organización de la sociedad.

 

En realidad, Hayek recupera radicalmente la idea smithiana de un orden que emerge espontáneamente, moviéndose en el plano de la historia y desvinculándose de todas las dificultades metodológicas que los neoclásicos sufren por perseguir la prueba lógica de la superioridad incuestionable del mercado. El discurso del orden liberal libre de los enjuiciamientos matemáticos resiste dogmáticamente sobre la historia. Como Luc Ferry, suponemos que Hayek cae en la trampa de la razón que él mismo construyó y termina por afirmar como Laplace y Hegel el mito racional de descubrir leyes eternas, inmutables que ven al mundo de forma clara y definitiva. Esta fuerte idea del mito de la mano invisible, revalorada por Hayek ha permitido y sustentado en las últimas décadas, la apología y la retórica de la defensa del mercado, como un proceso impersonal e inexorable, llave para la comprensión de la historia y única forma posible de organización de las sociedades contemporáneas.

 

Aún así, la idea de que es posible construir la utopía de un mercado regulador de la sociedad de la abundancia se ha mostrado frágil y disonante al verdadero sentido de una utopía que es en esencia liberadora y sueño platoniano o socialista de una república justa. Ni la idea de un mercado racional, ni la idea de una utopía consiguen convivir con la truculencia de ese mercado global que presenciamos. El discurso de que él es la única posibilidad de organización para las sociedades ha sido sustentado por la prepotencia verbal y política o por una retórica vacía. Aunque las sociedades no hayan retomado en la totalidad su sueño utópico de una sociedad igual y justa, la defensa del mercado es cada vez más apologética, dogmática, fundamentalista. Y como todo lo que es impuesto como la verdad absoluta tendrá ciertamente su tiempo y hora para ser contestado, relativizado y superado.

... esta ambición racionalista de transformar la economía  en un  acto lógico o en un poderoso teorema solo puede ser explicada por el mito de la omnipotencia de la razón que pretende que un mundo idealizado obedezca al orden intrínseco, al mercado  

 

1 Este tópico se basa en la introducción del artículo “La Defensa del Mercado en Brasil: el pensamiento apologista de Roberto Campos” de Angela Ganem, publicado en Nova Economía, v.10, jul. 2000. 

2 Se identifican con esta perspectiva la mayor parte de los historiadores del pensamiento económico además de las tesis conocidas de Hirsman, 1979 y Dumont, 1977.

3 Escapan a los objetivos del trabajo citar los números de textos que sustentaron la polémica en torno de la paradoja de Adam Smith. Para una visión general de la discusión remito al lector a Bertrand, P 1994 y Ganem, 2000b.

4 Sobre la idea de la TEG como mito racional, esto es, la extrapolación de la razón, ver tesis del doctorado Ganem, A.: “Théorie de L’ Equilibre General: le Mythe d’ un Ordre Rationnel” , París. Nanterre, 1993.

5 Sobre razón retórica consultar la vasta obra de Chaim Perelman. Para mayor referencia “Le Champ de L’ Argumentation”, PUF, Bruselas, 1970.  

Bibliografía