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Una deuda de sangre
Sueli Carneiro
El
poeta negro Aimé Cesaire dijo que “existen dos maneras de perderse:
por segregación, acorralado en la particularidad, o por dilución
en el universal”.
Creo
que ese es un dilema que persiste en el debate sobre el lugar de
la diversidad humana en un proyecto de globalización igualitaria.
Y este tema tiene algunos antecedentes.
En
primer lugar la diversidad, los diferentes son los Otros. Y los
Otros son todos los que no son machos, blancos, ricos y heterosexuales.
Es decir, son los Otros, más de tres cuartos de la humanidad y -no
es una coincidencia- en su mayor parte, son, también, no-blancos.
En
segundo lugar es necesario enfrentar el modo en el cual históricamente
estos “diferentes” están siendo construidos. Y ellos están siendo
construidos, en oposición a una supuesta universalidad blanca y
occidental, también supuestamente legítima, para instituirse como
paradigma según el cual se miden la identidad o diferencia de los
diversos pueblos de la tierra.
Existe
todavía otro sesgo en este debate sobre diversidad que da la impresión
de ser más adecuado para encubrir algo que para resolverlo. Porque,
el discurso sobre diversidad se acepta tanto mejor cuanto más capaz
sea de encubrir uno de sus elementos básicos y estructurantes:
el racismo y la discriminación racial, en relación a los
cuales suele existir una “conspiración de silencio”.
Por
otra parte, el concepto de diversidad ecualiza las diferentes formas
de discriminación, prejuicios y exclusión presentes en las sociedades
multirraciales y pluriculturales, relativizando la magnitud que
tiene el racismo en la configuración de las desigualdades y en la
exclusión social en dichas sociedades. El concepto de diversidad
nivela las temáticas como si ellas fueran de la misma naturaleza,
magnitud y consecuencia social. Sin embargo es necesario reconocer
que existen determinaciones fundamentales en las contradicciones
sociales. Género, raza/etnia, son variables que impactan a la estructura
de clase y poder en las sociedades multirraciales.
Con
respecto al tema de la raza, en nuestro continente americano, ”la
raza fue y es un tema central de la política” como dice Antony
Mark, “porque el uso que las elites hicieron y hacen de la diferencia
racial fue siempre con el objetivo de probar la superioridad blanca
y de este modo mantener sus privilegios, a costa de la esclavitud
y la explotación. Dicha actitud fue compartida siempre con los sectores
populares blancos interesados en asociarse a las elites. Históricamente,
dicho comportamiento fue común a las elites de Brasil, Sudáfrica
y Estados Unidos“. Y yo agrego, de América Latina. Y esa estructura
se reproduce en todas las partes del mundo donde se encuentra la
diáspora africana.
Dice
Christian de Brie en un artículo en Le Monde Diplomatique: “Desde
el inicio del siglo XVI hasta la actualidad, la civilización occidental
construyó su supremacía universal sobre una pirámide de genocidios
y crímenes contra la humanidad, de una barbarie sin precedentes
en la historia, por su magnitud y duración. Verdad insostenible
para los actuales herederos, dispuestos a reconocer la
culpa de sus padres siempre y cuando conserven las ganancias
de esas conquistas”.
La
monstruosidad del tráfico negrero trajo a las Américas unos 11 millones
y medio de africanos, en su mayor parte a Brasil. Según Rubens Ricupero,
representante de Brasil en la Organización Mundial de Comercio (OMC),
“ese tráfico negrero se constituyó en el resorte propulsor del
desarrollo de Europa Occidental y América” por ser “inagotable
fondo de riqueza y poder para esas naciones, responsable del aumento
del nivel de vida de muchos europeos y americanos, al mismo tiempo
en que degrada la vida de numerosos negros esclavizados”.
Existe, por lo tanto, una deuda de sangre de Occidente
con respecto a los pueblos africanos y a los afrodescendientes.
En
América Latina y el Caribe los afrodescendientes constituyen actualmente
unos 150 millones de personas sometidas a condiciones subhumanas
de vida, consecuencia de la herencia colonial y de la persistencia
de diversos mecanismos de discriminación racial que, en el contexto
de la globalización actual, conducen a la extrema exclusión social.
Un
grupo humano caracterizado por múltiples identidades que pasan:
por la africanidad derivada de la identidad ancestral, por la interacción
de género, de orientación sexual, por la latinidad resultante de
la colonización; por la condición tercermundista; por la pertenencia
a clases sociales subalternas, oprimidas y explotadas, entre otras
determinaciones. Y la fuente de esta violencia, históricamente,
se encuentra en la blanquitud eurocéntrica, bélica y salvaje.
África
negra, explotada durante siglos, agoniza en el abandono y la indiferencia
de los llamados por Chomsky los “dueños del universo”. La epidemia
de SIDA diezma poblaciones africanas mientras que, en el mismo momento,
en el Foro Económico Mundial, el presidente de la empresa farmacéutica
Merck, en la apertura del mismo, dice que: “Es necesario finalizar
la discusión sobre el no cumplimiento de patentes y la reducción
del precio de medicamentos, en la adopción de programas eficientes
para combatir enfermedades como el SIDA”. Para él, el no cumplimiento
de patentes no garantiza que los pacientes tengan acceso a los medicamentos.
No importan los millones de enfermos que dependan de dichos medicamentos
para ampliar su esperanza y calidad de vida. Como se leía en una
nota de un diario de ayer, el tema fundamental para ellos es el
no cumplimiento de patentes.
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Sueli Carneiro,
feminista
brasilera, Directora de GELEDES, Instituto de la Mujer Negra
de Sao Paulo.
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Ese
conjunto de determinaciones históricas, transformó a las poblaciones
africanas y a los afrodescendientes en general, en el contexto de
la globalización actual, en poblaciones descartables.
Las
políticas de ajuste estructural dispuestas por el actual orden económico,
como la reducción de la participación del Estado en las políticas
sociales, especialmente en las áreas de salud y educación; la liberación
de las formas de mercado, avances tecnológicos y sus impactos sobre
la producción y la mano de obra, han extendido la exclusión social
de los segmentos de población más vulnerables.
La
competencia en el mercado de trabajo agravada por las nuevas necesidades
y exigencias de especialización, reciclaje de mano de obra unida
a la reducción de los puestos de trabajo, alcanzan especialmente
a las poblaciones afrodescendientes en América Latina y el Caribe,
además de aumentar la xenofobia en la Región que tiene en el racismo
su principal fundamento ideológico.
La
conjugación de las prácticas tradicionales de discriminación racial
sufridas por las poblaciones negras con estos elementos nuevos,
dispuestos por la actual coyuntura económica, exige que se desarrollen
acciones preventivas y correctivas que contengan el proceso de exclusión
y que, simultáneamente, hagan avanzar la lucha por la igualdad de
derechos y oportunidades en nuestras sociedades.
La
creación de la Alianza Estratégica Afrolatinoamericana y Caribeña
con miras a incidir en el proceso de la Conferencia de Durban, contra
el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y formas conexas
de intolerancia, fue el resultado de un largo proceso de búsqueda
de articulación de la organizaciones afrolatinoamericana y caribeña
iniciada en diciembre de 1994, que incluyó:
1) Un
proceso derivado del reconocimiento creciente de la existencia
de una problemática racial de ámbito regional.
2)
El reconocimiento de que dicha problemática racial en sus
manifestaciones contemporáneas de racismo, discriminación racial,
xenofobia contra los afrodescendientes, tiene sus antecedentes
en los procesos de tráfico negrero implementados por algunos países
europeos contra las poblaciones afrosubsaharianas en los tiempos
de la conquista, colonización y surgimiento de las repúblicas
en nuestro continente.
3)
Que los colonizadores desarrollaron un conjunto de ideas
seudocientíficas con el objetivo de fundamentar la supremacía
de la población centroamericana en detrimento de las afrosubsaharianas
y afrolatinoamericanas, sostenidos en aspectos religiosos, culturales,
económicos y biológicos, estableciendo así la base para el desarrollo
del racismo y las prácticas discriminatorias, violatorias de los
derechos humanos.
4)
Evidenciar en el tema racial la persistencia de mecanismos
comunes en la Región, de ocultamiento e invisibilización de esas
poblaciones afrodescendientes y de las condiciones de vida igualmente
adversas a las que están sometidas en función del racismo y la
discriminación.
5) Denunciar
que persiste en nuestra Región, una ideología común basada en
el mito latinoamericano de la democracia racial y en el estímulo
al emblanquecimiento cultural y racial de los pueblos no-blancos;
cuyo sentido es fraccionar la identidad racial de los afrodescendientes
e impedir que dicha identidad se constituya en instrumento de
organización política de esas poblaciones en la defensa de sus
intereses.
6)
Hacer visible la ausencia de voluntad política en nuestras
sociedades para enfrentar la exclusión social, determinada por
el racismo y la discriminación.
La problemática
racial en nuestra Región se basa también en el racismo estructural
y sistemático encubierto por las prácticas de los organismos estatales,
en las políticas públicas, en las inversiones para el desarrollo
implementadas por los Estados latinoamericanos y caribeños, a partir
de la invisibilización y negación de las consecuencias del racismo
y la discriminación, practicados contra los afrolatinoamericanos
y caribeños, profundizando la
desigualdad y las violaciones de los derechos fundamentales, económicos,
sociales y culturales.
La
cuestión racial en nuestra Región se asienta además en la violación
de los derechos fundamentales, la práctica de la tortura contra
los acusados y detenidos pertenecientes a la población afrolatinoamericana
y caribeña y la negativa, por parte de los poderes judiciales y
otros operadores del derecho, a aplicar las normas de derechos humanos
relativas a la lucha contra el racismo. Un correlato de estas prácticas
es la difusión generalizada a través de los medios de comunicación
de masas, de estereotipos, imágenes peyorativas de la estética,
valores culturales y religiosos del pueblo afrolatinoamericano y
caribeño, así como una ausencia de propuestas curriculares en la
formación de los docentes, con
respecto al aporte de este pueblo en la construcción de nuestros
respectivos países, contribuyendo así, al aumento del racismo y
la discriminación.
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El concepto de diversidad nivela
las temáticas como si ellas fueran de la misma naturaleza, magnitud y
consecuencia social.
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Y,
finalmente, la práctica del racismo ambiental se constituye en una
forma de racismo contemporáneo que amenaza de un modo trágico y
cobarde a los pueblos afrolatinoamericanos y caribeños, poniendo
en riesgo sus vidas debido a la contaminación por residuos tóxicos
que destruyen el ecosistema.
El
crecimiento de la conciencia con respecto a los factores de exclusión
y la dimensión global de estas prácticas, promueve la necesidad
de fortalecer las relaciones entre los países del Sur y, sobre todo
de la Región, sujetos igualmente a las consecuencias de la globalización
neoliberal que implican, en los países en desarrollo, el agravamiento
de las condiciones de vida de las poblaciones históricamente discriminadas.
Y,
más que nada, la construcción de la Alianza Afrolatinoamericana
y Caribeña, representa un cambio de perspectiva política: en la
medida en que la creación del MERCOSUR y la regionalización creciente
de los mercados constituyó las condiciones históricas de crecimiento
también desde una perspectiva internacionalista, regional para los
pueblos excluidos de los países de la Región. En este sentido, la
lucha contra la discriminación y la intolerancia depende, para nosotros,
en primer lugar:
del
compromiso activo de los pueblos y organizaciones de la sociedad
civil para eliminar las prácticas racistas, xenofóbicas y discriminatorias,
comprometién-dose a dar visibilidad a dichas situaciones y apoyar
la implemen-tación de estrategias de promoción de igualdad efectiva
para los afrodescendientes.
“La
negación, ocultamiento o subestimación del racismo y la discriminación
racial, tanto a nivel del Estado como de la sociedad, contribuye,
directa e indirectamente, a perpetuar las prácticas de racismo,
discriminación, xenofobia y formas conexas de intolerancia”.
El documento elaborado por la Conferencia de las Américas, de 224
párrafos, consiste en un amplio diagnóstico sobre las prácticas
discriminatorias que persisten en la Región, las raíces históricas
de las mismas, sus múltiples manifestaciones actuales y los grupos
humanos abarcados por dichas prácticas.
Y,
principalmente, el documento final de las Américas al reconocer
al colonialismo como origen de la opresión y exclusión de los afrodescendientes,
presenta innumerables recomendaciones para que los Estados de la
Región superen las secuelas producidas por el pasado de violencia
y también para luchar contra las prácticas discriminatorias que
se mantienen en el presente, promoviendo, por lo tanto, la integración
efectiva de los grupos históricamente discriminados.
De
ello se deduce, como ya
se explicitó en los documentos de la Conferencia de las Américas
celebrada en Santiago de Chile en 2000, y se reiteró en la Conferencia
Mundial de Durban, la “necesidad de promover estrategias, programas
y políticas que puedan incluir medidas de acción afirmativa, para
favorecer la aplicación de derechos civiles
y políticos a las víctimas del racismo, discriminación racial,
xenofobias y formas conexas de intolerancia, incluyendo un acceso
más efectivo a las funciones públicas, judiciales y administrativas
de las instituciones, así como aumentar el acceso a la administración
de la justicia en todas en sus formas, libre de toda discriminación”.
E
imponen, por último, la cuestión de las reparaciones al Continente
Africano y a los pueblos afrodescendientes por los siglos de esclavitud.
Ello constituye un imperativo ético y moral que surge del hecho
de reconocer que los pueblos y naciones fueron sometidos a procesos
de esclavitud, genocidio y expoliación y, como ya se dijo, ello
constituye una deuda de sangre. Y su reconocimiento, a nuestro entender,
comenzaría por cancelar la deuda de los países africanos e invertir
en cooperación técnica en programas para atender carencias en el
acceso a la salud, justicia,
información y comunicación y en el desarrollo técnico y comunitario,
con especial énfasis en los jóvenes y mujeres afrodescendientes.
Hannah
Arendt dice en su libro “La Dignidad de la Política” que:
“la esencia de toda acción, especialmente de la acción política,
es hacer un nuevo comienzo ... aprender a lidiar con lo que ya pasó
irremediablemente y a reconciliarse con lo que existe inevitablemente”.
Dicha
reconciliación depende de aceptar que la distribución de riqueza,
en la perspectiva de una globalización igualitaria, tiene que alcanzar
su dimensión socializada de exclusión racial. Dicha distribución
desigual de poder y riqueza está marcada también por la interseccionalidad
de género, que en el contexto de la globalización, agudiza el proceso
de feminización de la pobreza.
Es
que los pobres y miserables de la tierra son más que estómagos vacíos
a la espera de una canasta básica proveniente de la solidaridad.
Quieren participar activamente en las decisiones que involucran
sus vidas y destinos.
Izquierda
y derecha o globalización y antiglobalización no pueden constituirse
tan solo en cara o cruz, anverso y reverso de la misma cultura occidental.
Es
necesario que la lucha por una globalización igualitaria rompa con
el paradigma de construir la historia bajo el liderazgo exclusivo
de los pueblos blancos, como un atributo natural de los mismos.
En el tema racial en nuestra Región, se encuentra la
persistencia de una ideología común que se basa en el mito latinoamericano de la democracia racial y en el estímulo al
emblanquecimiento cultural y racial de los pueblos no-blancos.
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| Es
necesario que la lucha por una globalización igualitaria rompa con
el mantenimiento de los pueblos dominados
en condición subalterna, destinados tan solo a adornar la nueva utopía
con sus “originalidades” culturales.
Con
esto quiero afirmar que considero la valorización de la diversidad
racial, étnica y cultural, como un presupuesto indispensable para
enfrentar la superación del racismo y las desigualdades que él produce.
Por lo tanto, para nosotros, negros, este debate es legítimo y estratégico.
Y por ello es que estamos presentes donde quiera que se produzca. Pero,
como cuestión de método, yo diría que cuanto más se aleje este debate
del enfrentamiento del racismo, nos va a dar a nosotros la medida de cuánta
vigencia tiene una nueva reedición de los viejos mitos de democracias
raciales latinoamericanas. Es fundamental para nosotros que el carácter
central del racismo en este debate no se opaque de tal modo que se escape
y afirmamos:
En
primer lugar, que el racismo y la discriminación racial son factores
determinantes de las asimetrías sociales existentes en sociedades
multirraciales, en la medida en que el estudio de cualquier indicador
social demuestra la existencia de un foso entre blancos y no blancos.
En
segundo lugar, que los desafíos planteados para la realización de la
plena ciudadanía y erradicación de las violaciones a los derechos
humanos en nuestras sociedades, están íntimamente asociados a la tradición
cultural racista y autoritaria que instituyó que los negros y sus
descendientes no gozan de plena humanidad, por lo que no se los considera
como plenos poseedores de derechos humanos y, por consiguiente, de
ciudadanía.
Esta
visión arraigada ha vuelto natural y esencial la inferioridad social de
los negros, transformándolos en una especie de paradigma de subalternidad
social.
Mary Robinson afirmó
en su saludo a los afrouruguayos que Durban asumía aún mayor importancia
a partir de los sucesos del 11 de setiembre, que impusieron una nueva
lectura de la cuestión de los derechos humanos en el mundo. Y
precisamente de los escombros del World Trade Center será de donde la
Alta Comisionada extraerá los nuevos contenidos amplificados por el
terror, para la realización de los derechos humanos en ese nuevo milenio:
la seguridad de los seres humanos y la lucha contra la discriminación
como requisitos previos para conseguir la paz. Dijo en Montevideo: “Creo
que los sucesos del 11 de setiembre nos llevan a reflexionar sobre lo que
deberíamos haber estado haciendo antes. Atender a la pobreza a todos los
niveles que se viva en nuestras sociedades, atacar el problema de la
discriminación definiendo para el mismo una agenda, darle alta prioridad
política a la solución del problema en Medio Oriente”.
Hannah
Arendt dice en su libro «La Dignidad de la Política» que la esencia
de toda acción especialmente de la acción política, es hacer un nuevo
comienzo ... aprender a lidiar con lo que ya pasó irremediablemente y a
reconciliarse con lo que existe inevitablemente.
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Preguntada
sobre cómo debería combatirse el terrorismo, Mary Robinson fue categórica:
“Hay dos modos: en primer lugar el Consejo de Seguridad de la
ONU adoptó resoluciones en las que prevé medidas para buscar el
dinero ilícito y estimular la cooperación judicial entre los países.
El segundo camino es aplicar la agenda antidiscriminación que se
adoptó en la Conferencia contra el Racismo en Sudáfrica. Esta agenda
es necesaria porque creo que, al aplicar medidas contra el terrorismo,
puede ser que haya gobiernos que restrinjan los derechos de expresión,
supriman las actividades de los opositores, las voces de las minorías
y limiten el derecho de los exiliados al asilo“.
El
terror, por lo tanto, tiene el poder de detener el avance de la
democracia y los derechos de igualdad y libertad, permitiendo que,
a su amparo o teniéndolo como coartada, prácticas genocidas, autoritarias
y excluyentes, presentes hoy en el mundo, sigan prosperando. Creemos
que la profundización de la democracia participativa constituye
una premisa fundamental para luchar contra el racismo, la discriminación
racial y la xenofobia, basada en un sistema jurídico orientado a
garantizar el ejercicio y el goce de los derechos humanos, económicos,
culturales y sociales. Como ya lo dijo Naomi Klein, “los movimientos
antiglobalización deben rechazar la centralización del poder, necesitan
elaborar una nueva concepción de poder”. Y agrego, es necesario
elaborar una nueva concepción de poder en la que tengamos cabida
todos los “diferentes”. Milton Santos dijo en su libro “Por
otra globalización” que por primera vez en la historia nos encontramos
en condiciones de construir un universal empírico.
Considero
que la construcción de dicho universal empírico requiere la superación
del universal abstracto de la tradición occidental, que homogeneizó
un hombre abstracto como estándar deseable para todos los seres
humanos. Dicho paradigma no se mueve. Y su contrapunto es la necesidad
de afirmación permanente de la identidad que él niega. Por lo tanto,
la renuncia a la afirmación de las particularidades étnicas y culturales
en pro de una construcción de dicho universal se dará solamente
en la medida en que dichas particularidades estén plenamente contempladas
en los discursos y las prácticas políticas. En que variables fundamentales
de la exclusión como género, raza y clase sean estructurales y equivalentes
en los estudios y formulación de las políticas igualitarias.
La
utopía que perseguimos hoy, se encuentra en la búsqueda de un
camino entre una negritud estigmatizada y disminuyente de nuestra
condición humana y la universalidad occidental hegemónica que
anula la diversidad. Pero para ello, el blanco occidental hegemónico
debe renunciar intencionalmente a los privilegios establecidos
por la blancura en pro de la realización de la plena humanidad
de todos. Ese es uno de los requisitos previos fundamentales para
una globalización igualitaria.
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«Creo que los sucesos del 11
de setiembre nos llevan
a reflexionar sobre lo que deberíamos haber estado haciendo antes.
Atender a la pobreza a todos los niveles que se viva en nuestras
sociedades, atacar el problema de la discriminación definiendo para el
mismo una agenda, darle alta prioridad política a la solución del
problema en Medio Oriente.»
Mary Robinson.
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Finalmente,
es necesario mencionar un último aspecto de la cuestión. El racismo,
la discriminación y la exclusión que ellos produjeron, transformaron
a sus víctimas en una carga para las sociedades, un obstáculo para
el desarrollo de esos países y un impasse para la consolidación
de la democracia. Desde ese punto de vista, todas las reivindicaciones
por equidad en relación a las oportunidades sociales y la realización
plena de nuestra condición humana que el racismo y la discriminación
niegan, tienen también el sentido de conquistar el derecho a ofrecer,
donar y ejercer plenamente nuestra generosidad.
Porque
nuestra condición de víctimas o de acreedores sociales no está
inscrita en nuestra naturaleza sino que fue construida históricamente.
Por ello queremos recuperar el derecho a ofrecer nuestra inteligencia,
nuestro vigor físico, nuestra herencia cultural, nuestros valores
espirituales, nuestra creatividad y nuestra extraordinaria capacidad
de resistencia para el enriquecimiento del patrimonio cultural
y el desarrollo de toda la humanidad.
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