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El fundamentalismo
y
la Iglesia Católica Romana
Frances Kissling
El
ascenso del fundamentalismo
religioso es un fenómeno complejo que abarca una ideología religiosa
en la que la vida familiar y la organización política -sujetas a
una creencia ultra conservadora- combina el control masculino, el
rechazo a la democracia y a los derechos de las mujeres con una
ideología política que demanda una estructura del estado en conformidad
con sus posiciones religiosas conservadoras.
A
pesar de que
existan elementos
de análisis del fundamentalismo religioso en el estado moderno que son compartidos por progresistas, como el
rechazo a la
corrupción de los gobiernos, el consumismo y el materialismo, y
-entre los fundamentalistas del Tercer Mundo- un rechazo al imperialismo
norteamericano, las dos visiones del mundo se
encuentran en los polos opuestos.
Para
los progresistas dos de las formas más turbadoras del fundamentalismo
religioso son los Nuevos Cristianos, muy activos en los Estados
Unidos y en Latinoamérica y
el fundamentalismo islámico practicado por los talibanes
en Afganistán. El fundamentalismo de los Nuevos Cristianos está
estrechamente vinculado con los políticos conservadores
norteamericanos, de Ronald Regan
al actual presidente George Bush, que adoptaron
políticas económicas que favorecen a los ricos e ignoran
las necesidades de los pobres,
exportaron su religión a toda América Latina y se aliaron
con los regímenes más antidemocráticos de la región. Por su parte
el fundamentalismo islámico ha buscado el control del estado en
la política y en la vida social,
olvidándose de las
libertades civiles y de los derechos humanos de todos quienes estén
en desacuerdo con ellos; a menudo lo han hecho a través de partidos
políticos religiosos, pero también, en algunas oportunidades a través
del “vigilantismo” y de la violencia.
Los
y las progresistas comprometidos/as en la lucha por la justicia
social y económica y contra la globalización pierden mucho tiempo
en rechazar el fundamentalismo de la Iglesia Católica Romana
y en tratar de entender
contradicciones tales como, por ejemplo, que U2
Bono se encuentre con el papa
y juntos pidan la erradicación de la deuda externa de los países
del Tercer Mundo, o que obispos como don Samuel Ruiz de México y
Casaldilga de Brasil encabecen la lucha por los derechos de los
pueblos indígenas.
Tanto
el Vaticano como los obispos son poderosos y
en cierto modo comparten
nuestros objetivos, y queremos tenerlos de nuestro lado.
Pero muchos progresistas tienden a ignorar
el creciente fundamentalismo de la iglesia. Siempre fue así.
Desde la conversión de Constantino en el siglo IV, la trayectoria
del catolicismo osciló de
un movimiento de contra cultura en los lindes del judaísmo a una
religión de estado con
todas las trampas de una monarquía europea. Y es en el papado de Juan
Pablo II que prosperaron
todas las características del fundamentalismo, bajo
este triunfante Papa anticomunista. Y todos sabemos que el anticomunismo no debe ser confundido con democracia.
No
podemos ignorar el fundamentalismo de la Iglesia Católica Romana
porque es un peligro para dos valores de vital importancia
del movimiento progresista: el estado laico y los derechos
de las mujeres, especialmente los relacionados con la libertad sexual
y reproductiva.
Al
igual que los Nuevos Cristianos norteamericanos y que los fundamentalistas
islámicos, el Vaticano cree que el estado moderno ha fracasado.
De las Naciones Unidas a Irlanda, pasando por
México, las leyes no
se adaptan a la visión de la iglesia de la familia, ni los roles femenino
y masculino; los hombres ya
no mandan. Lentamente
se está desarrollando un frágil consenso internacional que sustenta la idea que el matrimonio puede fallar y que a los
cónyuges se les debe permitir
divorciarse y volverse a casar. Hombres y mujeres deben tener
acceso a métodos modernos de anticoncepción para poder decidir la
cantidad de hijos que quieren tener y cuándo. Las mujeres que han
sido violadas y las que no,
deben tener acceso a la contracepción de emergencia para
prevenir embarazos. Las mujeres no deben morir por abortos ilegales.
Los y las adolescentes tienen derecho a una vida sexual y a contraceptivos.
Las personas con riesgo de contraer el SIDA
deben tener acceso a condones. Los gay, las lesbianas, los
bisexuales y transgénero tienen derecho a tener una familia, hijos,
beneficios sociales y el derecho a casarse.
La
reacción de la Iglesia Católica Romana a estos cambios sociales
y políticos en la aceptación de la libertad
sexual y reproductiva ha sido fundamentalista. En Kenya,
un obispo muy conocido realizó una quema de condones; en México,
el muy respetado Samuel Ruiz amenazó con la excomunión a cualquier
legislador de Chiapas que votara para mantener la ley que legalizó
el aborto en ese estado. Los proveedores del servicio social de
la iglesia en todo
el mundo tienen prohibido
educar sobre los riesgos de contraer el VIH/SIDA y
entregar condones. A tal extremo
llegó la prohibición de repartir condones entre los enfermos
de SIDA que, cuando un médico católico, frente a un marido hemofílico
a quien se le había diagnosticado SIDA, pidió consejo a la iglesia
sobre si era ético recomendarle
el uso de condones, la respuesta fue no; el Vaticano
aconsejó que la pareja guardara castidad. Lo curioso es que
si la práctica de la castidad terminara en divorcio, la pareja debería
tener sexo para impedirlo, aunque ni siquiera en ese caso podrían
usar condón. Durante la guerra en Bosnia el Papa
mandó una carta abierta a las mujeres que habían quedado
embarazadas después de ser violadas, en la que les
pedía que no se practicaran un aborto, y que cambiaran la violación en un acto de amor haciendo a ese niño,
carne de su carne.
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Frances
Kissling,
feminista
estadounidense, Presidenta de Católicas por el Derecho a Decidir
(Catholics for a Free Choice)
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En
la Unión Europea, el Vaticano hizo un
intenso “lobby” contra las uniones y los casamientos
gay, buscó hacer que los empleados gay en programas de iglesia apoyados
por la UE, fueran discriminados; en Polonia la iglesia apoyó las
medidas del gobierno que eliminaban las guarderías diurnas forzando
a las mujeres
a dejar sus trabajos; en Chile hizo “lobby” contra
proyectos de ley de divorcio; en Filipinas pidió al gobierno que
suprimiera los servicios
de planificación familiar y recomendara la abstinencia; en los hospitales
católicos de los Estados Unidos, la iglesia se niega a brindar esterilización
voluntaria y/o contracepción de emergencia a mujeres violadas. ¿Es
realmente tan diferente todo esto
a los talibanes que no permitían que las niñas fueran a la
escuela? ¿O al fundamentalismo de Nigeria que intentó lapidar a
una mujer violada porque había quedado embarazada?
Dentro
mismo del clero se han perpetrado serias violaciones a los derechos
de las mujeres y de los/las niños/as. Los
dos informes sucesivos
sobre la explotación sexual de monjas de la iglesia Católica
Romana por sacerdotes en 23 países fueron ignorados por el Vaticano,
aunque incluían documentación
importante de monjas africanas obligadas a tener relaciones
sexuales con curas que temían
contagiarse el SIDA de las prostitutas; algunas de las hermanas
que quedaron embarazadas fueron obligadas a practicarse abortos,
mientras que otras que tuvieron sus bebés fueron echadas de las
órdenes religiosas a las que pertenecían, mandadas de vuelta a sus
pueblos sin ningún apoyo
económico. Por supuesto, nada les pasó a los curas que las
embarazaron. Algunas monjas contrajeron SIDA y murieron.
Un
año después que esos
casos salieran a la prensa,
se reveló el escándalo
del abuso sexual de los curas en los Estados Unidos. Una
exhaustiva investigación de Católicas por el Derecho a Decidir identificó
más de 5.000 casos entre 1995 y 2002 a través de
informes de prensa.
El
Vaticano alegó que era un problema menor y que la iglesia estaba
siendo señalada injustamente
por los medios. La única reacción fue la
de transferir a los curas que abusaron de los niños a otros países
para evitar la persecución, tal como hacen las empresas farmacéuticas
con los medicamentos ineficaces
o con fechas de uso ya vencidas, mandándolos
a los países del Tercer Mundo;
así hace la iglesia mandando a estos curas disfuncionales
a México, Filipinas y otros países.
Naturalmente
que la iglesia ha perdido la confianza de los y las católicos/as.
Cuando prohibió la contracepción en 1968, muchísimos católicos simplemente
ignoraron la prohibición y
usaron píldoras,
condones y diafragmas. En Naciones Unidas la campaña en contra de
la planificación familiar no está apoyada por los países católicos,
sino por los estados islámicos conservadores. Habiendo perdido la
guerra moral, el Vaticano
puso toda su influencia
en las políticas públicas internacionales
de familia, sexualidad y reproducción. Desde la Conferencia
sobre el Medio Ambiente de Río en 1992 utilizó su calidad de Observador
Permanente como Estado No Miembro de Naciones Unidas para predicar
contra políticas que hubieran salvado muchas vidas y defendido los
derechos humanos de hombres y mujeres.
La
categoría de “estado” del Vaticano es única en su especie, ninguna
otra religión la tiene. El otro estado con esa categoría es Suiza
y eso está por cambiar. Pronto el único Observador Permanente como Estado No Miembro,
será la Santa Sede, como se le llama al Vaticano en Naciones Unidas.
¿Por qué una religión que ocupa
apenas 108 acres de tierra con atracciones turísticas y edificios
de apartamentos en pleno centro de Roma y tiene una población menor
a 1.000 personas, la gran mayoría de ella hombres, es considerada
un estado para el sistema de Naciones Unidas? Primero y principalmente
porque buscó ese estatus de manera
enérgica y segundo porque cuenta con algunas funciones
similares a las funciones de un estado, como por ejemplo,
una estación de radio y una oficina de correos, y porque fue invitada
por las Naciones Unidas a participar en las áreas especializadas
que tratan de los temas
mencionados.
Uno
de los beneficios de ser Observador Permanente como Estado No Miembro
es la posibilidad de participar en las conferencias de Naciones
Unidas como las de la década del 90 sobre población, mujeres, derechos
humanos y desarrollo social. En cada una de esas conferencias, el
Vaticano buscó limitar el derecho a la atención de salud y el derecho
a la vida. En la Conferencia del Cairo sobre Población y Desarrollo,
por ejemplo, la Santa Sede llegó a afirmar que los condones provocaban
el SIDA y que no deberían formar parte de las campañas internacionales
de prevención. En la Conferencia sobre la Mujer, en Beijing, el
Vaticano se negó a aceptar la declaración
de que los derechos de las mujeres son derechos humanos pidiendo,
en cambio, un lenguaje que dijera que los hombres y las mujeres
son iguales en dignidad.
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No
podemos ignorar el fundamentalismo de la Iglesia Católica Romana porque
es un peligro para dos valores de vital importancia
del movimiento progresista: el estado laico y los derechos de las
mujeres, especialmente los relacionados con la libertad sexual y
reproductiva.
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En
Europa el Vaticano busca que “las raíces cristianas” de ese
continente sean reconocidas en la Carta de Derechos; asímismo mantiene
una misión en el Consejo de Europa donde hace “lobby” para
conseguir fondos para agencias de la iglesia y para promover políticas
sociales conservadoras. Y en cada país refuerza los
concordatos que le otorgan privilegios especiales.
Por
otro lado un creciente movimiento católico progresista trabaja para
limitar el lado fundamentalista de la Iglesia Católica y asegurar
que otras voces, en especial, aquellas de las mujeres católicas,
sean oídas en la ONU.
A través de la campaña “See Change” se está pidiendo al Secretario
General que revea la categoría de Estado No Miembro Observador Permanente
que mantiene la Santa Sede, considerando que ese estatus es injusto
porque ninguna otra religión está así representada en las Naciones
Unidas y alegando que un
cuerpo que se considera a sí mismo infalible es incapaz de negociar
y hacer acuerdos en materias que ve como “divinas”. La campaña fue
apoyada por más de 1.000 grupos y miles de individuos.
La
iglesia podría ser una fuerza importante de paz y de justicia, pero
en el mundo moderno esto requiere más que pedir la reducción de
la deuda y la disminución de la pobreza. Requiere
el fin del fundamentalismo, el respeto por el pluralismo,
la tolerancia por las diferencias. Hasta que la iglesia no se muestre
comprometida con estos valores, es apropiado llamarla fundamentalista.
Es muy importante que los católicos como los no católicos
que apoyan esos valores, trabajen para cambiar la iglesia.
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