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2004
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Nacionalismo, Fundamentalismo
y Sexualidad
Intervención de Alejandra
Sardá
A mi querida maestra Charlotte Bunch
Buenas tardes.
Quiero agradecer a mis colegas de
Prisma por haberme honrado con la invitación a participar de este
taller. Me gustaría compartir con ustedes algunas ideas y algunas
experiencias acerca de la relación entre nacionalismo, fundamentalismo
y sexualidad en América Latina. Cuando me refiero aquí a
“fundamentalismo” sigo la definición que aprendí de mis compañeras de
la Red de Mujeres que Viven bajo Leyes Musulmanas: el fundamentalismo
como utilización de una versión distorsionada de la religión y/o la
cultura para mantener o conquistar el poder político.
En América Latina, la relación entre
nacionalismo y fundamentalismo tiene una historia muy antigua. Comenzó
con los imperios indígenas que estaban regidos por una alianza de
sacerdotes y guerreros. Estos imperios sometieron a otras naciones
indígenas; las explotaron económicamente; ofrendaron a los vencidos y
las vencidas como sacrificios humanos para que los dioses les
garantizaran todavía más poderío. E intentaron arrasar con toda
costumbre que no encajara en la visión militarista y jerárquica del
imperio. Por ejemplo, con el poder que las mujeres tenían en muchas de
las naciones sometidas o con la diversidad de prácticas e identidades
sexuales.
Siguió con los conquistadores
españoles y portugueses, con el genocidio perpetrado por los militares
en los cuerpos y por los sacerdotes católicos en las almas, las
sexualidades, las expresiones artísticas y los idiomas de los pueblos
indígenas de América . La iglesia y las bandas armadas volvieron a
aliarse para traficar esclavas y esclavos provenientes de Africa, que
sufrieron el mismo genocidio de prácticas e identidades, culturales,
sexuales,religiosas y lingüísticas. Durante la colonia, la iglesia
católica –con el aval del poder secular- persiguió y asesinó a cientos
de mujeres que ejercían su sexualidad por fuera del matrimonio (con
hombres o con otras mujeres), a homosexuales varones y a disidentes
culturales y políticos, para preservar el “orden natural y la moral”.
En el siglo XIX llegaron los
constructores de las nuevas naciones americanas, libres de la
dominación española pero esclavas del capital inglés. Se crearon los
estados que hoy existen en América, y hubo que inventarles naciones.
Así surgieron banderas, himnos, leyendas –todas de naturaleza militar
(todos los himnos americanos son canciones de guerra) y de utilización
fundamentalista de símbolos religiosos: en todos nuestros países hay
una virgen que encarna el ser de la nación, que acompaña a las tropas
y a quien se le consagra la bandera nacional. El genocidio indígena, y
afro, y mestizo, continuó, porque los nuevos estados-nación
necesitaban más territorios y más riqueza. Y el continente se fue
llenando de inmigrantes: de España, Italia, Rusia, China, Japón, así
como personas eslavas, árabes y judías sin estado. Las naciones que se
estaban inventando a sí mismas necesitaban desesperadamente de
identidades homogéneas y fuertes. por lo que los pueblos inmigrantes
también debieron silenciar sus idiomas, sus costumbres, sus
particularidades para ser incluídos en “la nación”. La iglesia, la
policía y la medicina se unieron para perseguir, torturar, forzar al
suicidio, aislar y en algunos casos asesinar a todas aquellas personas
que quisieran vivir su sexualidad fuera del “orden natural y la moral
pública”, ya que proteger ambos era fundamental para construir y luego
preservar las nuevas naciones.
En el siglo XX llegó el imperio
estadounidense, y comenzó a imponerse la homogeneización del Mc Donald’s
y la Coca Cola, de los planes de ajuste estructural y las
privatizaciones. El militarismo aportó las “guerras contra la
subversión” que asesinaron, encarcelaron, torturaron y obligaron a
exiliarse a cientos de miles de personas que luchaban por sociedades
más justas en todo el continente. Salvo excepciones notables, como
Brasil y Chile, la mayoría de las jerarquías católicas del continente
acompañaron y bendijeron ese nuevo genocidio-como necesario para
defender el “orden moral” de la nación”. Y se ocuparon de difundir la
idea de que las y los disidentes políticos carecían de moral y tenían
una sexualidad desordenada -lo que no es cierto porque en realidad las
organizaciones revolucionarias eran tan militaristas y puritanas como
el sistema que buscaban destruir. Es interesante señalar que los
movimientos libertarios –de mujeres y disidentes sexuales- que habían
comenzado a surgir con mucha fuerza en los 60 y en los 70, fueron
“borrados del mapa” por la urgencia y la violencia del genocidio
contra las luchadoras y luchadores sociales.
A nuestro continente le llevó casi
dos décadas poder volver a hablar de “liberación sexual” y a
organizarse políticamente en torno a temas sexuales y de género. Y
cuando por fin lo logró, ya no fue en búsqueda de la “liberación
sexual” sino de los “derechos sexuales”. No tengo tiempo de
profundizar en este punto, pero por favor noten la diferencia. Un
ejemplo todavía muy vigente de la alianza entre la espada y la cruz es
la idea de “moral pública”. En toda América Latina, se arresta y
tortura a personas transgénero porque su mera presencia en la calle
“ofende la moral pública”. O se impide la realización de una marcha
del orgullo gay por el mismo motivo. Los códigos penales de nuestros
países y los tratados internacionales de derechos humanos como el
mismísimo Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos
avalan esos actos de violencia, porque incluyen la “moral pública”
como razón válida para limitar la libertad de expresión –que incluye
la forma en que una expresa su género- o la de reunión. Ninguna ley
define qué se entiende por “moral pública”. La iglesia, que es la
custodia del alma de la nación, es quien lo hace.
Los imperios –todos los imperios- son
siempre militaristas y puritanos. Porque basan su fuerza en el control
de los cuerpos, las mentes y las voluntades de las personas. La
mayoría de las naciones sueñan con ser imperios. Y establecen, en la
medida que pueden, los mismos mecanismos de control que los imperios.
Las naciones que sueñan con ser imperios -las que concretan su sueño y
las que no, las inventadas para llenar un estado y las que no
recordamos cuándo fueron inventadas- todas comparten algunos mitos
acerca de su origen, que justifican su alianza con el fundamentalismo.
En el origen que las naciones sueñan para sí mismas, siempre están la
naturaleza y Dios. Pero la naturaleza no como algo de lo que somos
parte sino como algo ajeno a nosotras, que Dios nos da para que lo
sirvamos a través de ella. ¿Y quién sabe cuál es el deseo de Dios? Sus
representantes en la tierra, por supuesto. Y ellos nos dirán cuáles
son los usos apropiados de la naturaleza para gloria de Dios. Como se
trata de una lógica imperialista, de una lógica de servidumbre, esos
usos “naturales” servirán a la explotación: la sexualidad, para la
reproducción; el cuerpo, para el trabajo; los animales, para ser
comidos o mascotas; las plantas, para alimento o decoración; la
tierra, el agua, el aire, para generar riqueza. Todo otro “uso” es
antinatural.
Cómo estarán ligadas la nación y la
naturaleza, que cuando alguien adquiere una nacionalidad, decimos que
“se naturalizó”. Contra el ejemplo de la naturaleza viva –donde casi
todo muta, crece, muere, se mezcla- en la imaginación humana lo que es
“natural”- como la nación- es lo que no cambia, lo que no puede
cambiar, lo que es uno solo. La nación es un pueblo, una sangre, un
idioma, una raza, un himno, una bandera, una sola voz. La nación
siempre ha sido y siempre será. Y la religión, de la que la nación es
inseparable (no hay naciones laicas), es también una: un solo dios, un
solo texto, una sola interpretación de ese texto.
Y en este contexto, la sexualidad
también es una sola: tenemos un solo sexo, una sola preferencia
sexual, una sola práctica sexual aceptable, sólo un período en la vida
para ser sexuales, sólo un propósito para la sexualidad, que la
naturaleza decide por nosotros, y que complace a Dios. Es difícil ser
humana. Da miedo. Porque en realidad estamos solas, porque nunca
terminamos de conocer del todo a nadie –ni siquiera a nosotras mismas-
y a lo sumo podemos rozar el misterio que son las otras vidas por
momentos, en el amor, en la amistad, en la comunión ideológica o
artística o espiritual, en el placer sexual. Pero apenas rozar.
Después, estamos solas, vamos a morir, y no sabemos qué nos va a
suceder de aquí a media hora. Tenemos miedo de lo que no podemos
controlar –que es casi todo, pero nos gusta imaginarnos que no tanto.
En algunos temas podemos engañarnos, pero en otros, como la
sexualidad, es imposible. Ahí el supuesto control sucumbe en segundos
ante un deseo, un sueño, que jamás hubiéramos creído digna de nosotras
y sin embargo ahí está, sucediéndonos.
Por eso la alianza de la cruz y de la
espada que sustenta los imperios se apoya en nuestra soledad, en
nuestra fragilidad, en nuestra necesidad de calor y aprobación, en
nuestra vanidad que nos hace necesitar sentirnos parte de algo eterno
y trascendente. Y ejerce su mayor control sobre el area de la vida que
es menos posible de ser controlada, y que mas nos asusta: nuestra
sexualidad.
Y se lo agradecemos a la cruz y a la
espada obedeciendo, formando parte de sus instituciones, creyendo que
necesitamos instituciones que medien entre nosotras y el caos de la
vida, la incertidumbre y la muerte. ¿Es posible atender a esos miedos
y a esas necesidades de otras formas? Sí. Es posible fundar la
pertenencia a un lugar determinado del planeta en valores que no sean
militaristas ni imperiales y que no necesiten de estados; que no
dependan de dogmas y no necesiten iglesias. En la textura del aire,
las comidas, las historias, los chistes que no necesitamos que nos
traduzcan, las canciones que nuestras madres cantaban y que sabemos de
memoria sin que nunca hayamos tenido que aprenderlas.
Es posible vivir una sexualidad que
sea juego, comunicación, exploración, respeto profundo por el propio
cuerpo, sus ritmos, sus misterios, sus deseos, y por el cuerpo de la
otra mujer, del otro hombre, de la otra persona transgénero, de la
otras mujeres y los otros hombres y las otras personas transgéneros
que nos honran con su entrega–por una noche, por unas cuantas veces o
por toda la vida. Es posible exigir una redefinición de la “moral
pública” desde las personas y las comunidades, juntándonos a discutir
qué límites queremos que existan para la conducta en los espacios
públicos que compartimos. Es posible crear movimientos como el
Zapatista que reivindica con mucha fuerza no una cultura, sino el
derecho a la existencia de variadas culturas; “un mundo en el que
quepan muchos mundos”, como ellas y ellos dicen. Que no concibe la
cultura como algo estático sino que se ha atrevido a revisarla, de tal
manera que, por ejemplo, en las comunidades zapatistas a las niñas ya
no las raptan y las casan por la fuerza a los 13 años porque las
mujeres decidieron que quieren ser ellas quienes decidan cuándo, cómo
y con quién se van a casar. Que, hasta donde yo sé, es el único
movimiento social de América Latina que no sólo habla de “hombres y
mujeres”, de “homosexuales y lesbianas” sino que también habla de
“transexuales”. Y que en el texto que sigue une, sin diluirlas, las
resistencias sexuales, étnicas, económicas y políticas : “Nombremos
cualquier rincón del planeta y seamos perseguidos junto a
homosexuales, lesbianas y transexuales; resistamos con las mujeres al
impuesto destino de decoración idiota; resistamos con los jóvenes a la
máquina trituradora de inconformismos y rebeldías; resistamos con
obreros y campesinos a la sangría que, en la alquimia neoliberal,
convierte muerte en dólares; caminemos el paso de los indígenas de
América Latina y con sus pies hagamos el mundo redondo para que ruede
... Nombremos y miremos el mundo que no existe ahora, pero que
empezará a existir en nuestras palabras y en nuestras miradas”.
Muchas gracias Seminario organizado
por Prism, DAWN, ASR, Articulación Feminista Marcosur, WICEJ, WEDO,
Inform, South Asian Women for Peace y el Institute of Women’s Studies
(Lahore). Foro Social Mundial, Mumbai, India, 20 de enero de 2004.
Integrante de la Arituclación Feminista Marcosur, y coordinadora del
Programa para América Latina y el Caribe de la Comisión Internacional
de los Derechos Humanos para Gays y Lesbianas (IGLHRC). Utilizo aquí
el término “América” para designar al continente que se extiende desde
Alaska hasta Patagonia.
Lamentablemente, en nuestro
continente hay un país sin nombre que se ha apropiado del nombre del
continente para su uso propio, pero eso no debería confundirnos:
América es el continente y “americanas/os” somos todas las personas
que en él vivimos. Ponencia del Subcomandante Insurgente Marcos en el
Encuentro Internacional de Intelectuales en Defensa de la Humanidad,
celebrado los días 24 y 25 de octubre de 2003 en el Polyforum Cultural
Siqueiros, ciudad de México |