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2004
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Democracia, desarrollo y derechos humanos: conceptos claves en las
reflexiones de una agenda radical.
(reflexiones para el Foro Social Mundial, en el panel Cuerpos Políticos,
las nuevas luchas emancipatorias que alimentan una democracia radical).
Roxana
Vásquez Sotelo
Advertencia:
Aún cuando pueda parecer obvio, considero importante
precisar que esta es una reflexión que viene desde América Latina y
desde la percepción de una militante feminista que ha tenido la
oportunidad de poder participar desde hace muchos años en el
movimiento feminista latinoamericano y del caribe, en particular en
aspectos vinculados a la promoción y defensa de los derechos humanos
de las mujeres. Por ello, seguramente, y a pesar de mis esfuerzos
por conectar esta reflexión con otras, estas líneas reflejarán los
énfasis, las preocupaciones y los vacíos siempre presentes en un punto
de vista.
La profundización de la
democracia:
Michael Foucault une por primera vez los conceptos de
ley, cuerpo y sujeto al señalar que las prácticas judiciales
occidentales, (es decir, la manera en que las personas se arbitran los
daños y las responsabilidades), definen formas de saber, tipos de
subjetividades y relaciones entre el sujeto y la verdad. Al
desarrollar su “arqueología” de los dominios del conocimiento y del
discurso, Foucault encuentra que un cierto saber sobre la persona (si
está dentro o fuera de la regla, si es “normal” o “anormal” nace de
las prácticas sociales de control y vigilancia”), (editorial de la
revista Debate feminista n° 19, abril 1999).
La primera reacción que me suscita el título del panel
así como sus propósitos, es la invitación a trabajar cual alquimista
en la elaboración de una poderosa fórmula que al desarrollar ciertas
combinaciones, contribuya a colocar en su justo lugar aquellas bases
imprescindibles que aseguren la ampliación, transformación y/ o
profundización de la democracia. El término radical, tan
desacreditado hace ya algún tiempo en varios países mi región, pero
que personalmente tanto me gusta, alude para mí y para el diccionario,
a entender los fenómenos desde la raíz, es decir desde su sentido
sustancial, básico, y no desde el dogmatismo o extremismo, adjetivos
que usualmente se han venido asociando a este término.
En efecto, “la democracia como construcción siempre
desafiante”, ha visto transitar durante el siglo pasado, en particular
durante su segunda mitad, la composición, recomposición, ampliación y
fortalecimiento de movimientos sociales que colocan en el núcleo duro
de sus reivindicaciones y propuestas, dimensiones no consideradas en
las lógicas tradicionales de la política, como es precisamente la
sexualidad como objeto de atención, enarbolando demandas frente a las
prácticas excluyentes y discriminatorias, a la vez que reconociendo en
la sexualidad y la reproducción un campo de derechos. Planteando una
interrogación que nos devuelve como en un espejo a sujetos sexuados,
que problematizan los límites al ejercicio de su sexualidad como
objeto de malestar político y como reclamo para lograr un bienestar
real e integral en sus dimensiones personalísimas como sociales.
Como señala María Bethania Avila en la fundamentación
que hace sobre la importancia de este panel :
“Entender la relación entre sexualidad, reproducción y
producción como cuestiones que hacen parte de los planos simbólicos y
materiales de las relaciones sociales de explotación y dominación, se
convierte hoy en una exigencia analítica que trae la politización de
las diferentes dimensiones del conflicto social reveladas precisamente
por estos movimientos sociales”.
Como sabemos, el control sobre el cuerpo, la sexualidad
y las capacidades reproductivas de las mujeres ha sido un tema de
preocupación central del movimiento feminista tanto en sus desarrollos
teóricos como en su práctica política. La ampliación de su
comprensión respecto al control de todos los sujetos que se alejen de
patrón ó norma heterosexual adulta, es también el resultado de una
voluntad de diálogo entre y con otros movimientos, que también luchan
activamente por la defensa de las libertades sexuales, la igualdad y
no discriminación, me estoy refiriendo al movimiento gay, lésbico y a
sus expresiones más recientes como movimientos GLBT y al movimiento de
los y las jóvenes.
La diferencia sexual como campo de análisis y debate
político, así como el de las identidades y las diversidades, ocupan
hoy un lugar relevante en estas reflexiones. Mientras la diferencia
sexual, señala Marta Lamas, “continúe siendo un principio ordenador
en nuestra sociedad, hay que cuestionar cómo se usa para marcar la
división entre lo público y privado, y también como se borra del
discurso y la práctica políticas, (...) En un sentido biológico y
simbólico la diferencia sexual no va a desaparecer, por lo tanto no
podemos ignorarla pero tampoco podemos ponerla siempre por delante,
pues puede resultar un freno o una limitación. Todas las diferencias
de los grupos subordinados generan el mismo dilema: ignorar la
diferencia lleva a una falsa neutralidad, pero centrarse en ella
acentúa el estigma de la diferencia (...). Este dilema resume la
contradicción entre las tareas que las feministas nos fijamos para hoy
y la visión de sociedad que deseamos construir. ¿Cómo edificar una
nación democrática en donde la diferencia sexual sea al mismo tiempo
reconocida y relativizada?”, (Democracia e igualdad política y
diferencia sexual, en Disensos, N.35, versión electróncia).
Volviendo a Foucault , el
“registra
un corte histórico decisivo entre el régimen sociopolítico anterior al
siglo XVIII, donde el sexo existía como una actividad, y un régimen
moderno, que arranca desde ese entonces hasta el día de hoy, en donde
el sexo se establece como una identidad. Cuando en el siglo XVIII las
pestes y las hambrunas empezaron a hacer desaparecer la población, las
energías del poder se concentraron en mantener a raya a la muerte y se
ocuparon de normar la vida: el sexo regulado aseguraba la
reproducción de la vida.
De esta manera se convirtió en algo esencial para el
poder jurídico de la temprana Europa moderna: reaccionó defensivamente
para preservar la vida y la armonía social, sobre la amenaza de la
muerte y de la violencia, y operó negativamente, imponiendo límites,
restricciones y prohibiciones”, (citado por Lamas, en Cuerpo,
diferencia sexual y género, en debate feminista 10, 1994).
De
otro lado, si acordáramos con Foucault
“que las identidades sexuales son contingentes
históricamente, es decir (...) que se tratan de construcciones
culturales que proveen de tierra firme para un sentimiento compartido
de pertenencia y de identificación”, y que hasta el día de “hoy
no es posible concebir la identidad social de los sujetos sin una
definición de su sexualidad. Es más, ésta sirve para colocarnos
dentro o fuera de la norma, es decir de la normalidad”, (Cuerpo,
diferencia sexual y género, Marta Lamas). La pregunta que
inevitablemente aparece es: ¿debería ser la sexualidad un componente
constitutivo de nuestra identidad, o debería desdibujarse hasta
tornarse tan irrelevante para efectos políticos como ser vegetariano o
carnívoro?
Alice Miller señala que “un marco para los derechos
sexuales que incluye el reconocimiento de la identidad sexual, y
también de la identidad homosexual, (...) también debe permitir que
las personas sean libres de modificar o cambiar su identidad sexual
sin perder derechos. Ella se pregunta: ¿será posible “deconstruir”
y “defender” la identidad sexual al mismo tiempo? . A pesar de la
importancia de documentar los abusos cometidos contra las personas por
sus identidades homosexuales declaradas o imputadas, cualquier acción
para incluir los derechos homosexuales dentro de los derechos humanos
debe evitar definir artificialmente identidades homosexuales rígidas
en nombre de la protección”. (Sexual no reproductivo: explorando
la conjunción y disyunción de los derechos sexuales y reproductivos,
en Derechos sexuales y reproductivos, CMP Flora Tristán 2001). La
visión de la sexualidad como una dimensión fluida en la vida de las
personas, que en el desarrollo de sus derechos evite definir
artificialmente identidades rígidas en nombre de las garantías, es un
asunto en el que sería necesario seguir ahondando.
Desarrollo y derechos humanos: cómo romper las
dinámicas de centro – periferia:
Sin embargo, tan necesario como profundizar,
interrogarnos y debatir respecto de los retos conceptuales que
enfrentan nuestras luchas y sus vinculaciones teóricas y políticas con
las visiones de democracia y desarrollo, se hace imprescindible
colocar las mayores energías en el diseño de estrategias que perfilen
y nutran nuestras alianzas. Se hace imperativo trabajar por superar
la fragmentación que nos debilita y que detiene o posterga la
elaboración de plataformas diseñadas desde otra lógica de
articulación. Si la lucha contra toda forma de discriminación es
concebida ya, cuando menos discursivamente, como parte esencial de la
ampliación de las capacidades ciudadanas y como una tarea
imprescindible de todo proceso de democratización, ¿cómo logramos
entonces articular este discurso: el de los cuerpos, la sexualidad, la
reproducción al debate político de modo más certero?, ¿cómo
influimos las visiones de desarrollo?, ¿ cómo fortalecemos su
articulación en el discurso de los derechos humanos?
Las visiones y los conceptos de desarrollo que se
vienen trabajando, inclusive aquellos que se enuncian desde una
perspectiva con rostro humano, desarrollo humano, desarrollo como
expansión de capacidades o desarrollo con equidad, persisten en una
visión que continúa jerarquizando los problemas, en un tipo de lógica
que yo calificaría de “centro – periferia”, o de otro lado, continúan
presuponiendo causalidades insuficientemente demostradas, como p. e.
que el bienestar económico será el punto de partida de la resolución
de otros problemas de exclusión y subordinación. De otro lado, aún
cuando las mujeres estamos cada vez más presentes en estos discursos,
la concepción de ser humano que se maneja se sigue sosteniendo en un
paradigma masculino, occidental, racional, “sin discapacidades” y
naturalmente heterosexual. Es así que tanto los discursos que pueden
considerarse alternativos al discurso economicista y hegemónico sobre
el desarrollo, todavía no han incorporado los campos de la sexualidad
y la reproducción -con la centralidad que merecen en la vida de los
seres humanos-, no lo hacen ni en el punto de partida ni en el
análisis de las conexiones y relaciones que nos permitirían incorporar
estas dimensiones cómodamente desde una visión más amplia y
comprehensiva del bienestar.
Un buen ejemplo de este desarrollo lo encontramos en
los distintos enfoques sobre pobreza que no consideran p. e. la
violencia sexual como un campo de miseria humana, ni abordan la
maternidad forzada no toman en cuenta las muertes de miles de mujeres
pobres que no pueden acceder a un aborto seguro ni se preguntan por la
heterosexualidad compulsiva que condena a muchísimas personas a la
infelicidad y a la clandestinidad. No lo incorpora ni como visión ni
como percepción. Es peor, en el campo de las elaboraciones y
disputas discursivas, resulta hoy todavía imposible imaginar que el
discurso de la pobreza no sólo se engulla hasta trivializar el
discurso del placer, sino que nuestros planteamientos sean
inevitablemente desplazados y recolocados en la periferia, volviendo
a hacer prevalecer la lógica del centro, “tomando en consideración
la gravedad y la magnitud de aquello que se coloca como lo
importante”. La posibilidad de establecer las conexiones y que éstas
se tornen suficientemente convincentes y clarificadoras para
diferentes públicos es un reto actual de nuestra agenda de democracia
radical.
Como adelantábamos unas líneas arriba, en el campo de
los derechos humanos nos encontramos también con una lógica muy
semejante a la que hemos observado con relación a la del desarrollo.
A pesar de los muchos aportes de la academia, de los avances
interpretativos y de las propuestas que se han activado políticamente
tendientes al reconocimiento expreso de los derechos sexuales y los
derechos reproductivos, (incluso en las conferencias del sistema de
naciones unidas), sigue primando tanto en la doctrina como en la
normativa internacional y particularmente en la práctica de las
organizaciones de derechos humanos, la misma lógica de centro –
periferia, que jerarquiza la importancia de los problemas y que
desconoce en su práctica cotidiana, aquellos principios que tanto
proclama, como son la indivisibilidad, la interdependencia y la
integralidad de los derechos humanos.
Como sabemos, los conceptos de interdependencia e
indivisibilidad suponen que no es posible establecer jerarquías entre
estos derechos, ni subordinar el ejercicio de algunos en función de
otros, también suponen que unos son condición para la realización de
los otros. La conferencia mundial de derechos humanos (Viena, 93),
oficializó su importancia y les dio fuerza y respaldo internacional,
sin embargo, la revolución conceptual y política que significa hacer
operar estos principios es de tal magnitud, que considero recién
estamos comenzando a dar nuestros primeros pasos. La mayoría
desconoce este enfoque central en materia de derechos humanos y tiende
a seguir concibiendo los derechos como compartimentos estancos, pero
incluso quienes venimos trabajando en estos asuntos, todavía no
contamos con una visión suficientemente acabada que nos permita
aprehender estas interconexiones y mucho menos con los instrumentos
para operarla. De tal manera, que este sería un reto de tipo
conceptual y estratégico de gran importancia.
Las
agendas y las alianzas:
A pesar de ello, no podemos desconocer que tanto el
movimiento de derechos humanos, como muchos otros movimientos
sociales, se han visto influidos por los efectos de algunas de
nuestras propuestas y reivindicaciones en torno a la sexualidad y la
reproducción, pero han sido definitivamente más sensibles a reconocer
la violencia sexual o a defender la no discriminación por razones de
orientación sexual, que la despenalización o legalización del aborto.
Porque una cosa es aceptar la incorporación de algunos supuestos
dentro de una lógica ya establecida, y otra muy distinta es replantear
los términos de la discusión, con la finalidad de hacer una revisión y
redefinición de tipo filosófico, ético, jurídico y político que revise
las causas y consecuencias de la exclusión, la subordinación y la
explotación. Que por ejemplo se pregunte por las características del
sujeto paradigmático desde el cual se ha construido la noción de
ciudadanía.
Pensar en la inclusión de los sujetos históricamente
excluidos del pacto social moderno y del “banquete oficial” de la
ciudadanía, contiene cuando menos dos aspectos centrales que toda
agenda de derechos humanos y toda propuesta de desarrollo deberían
comenzar a considerar: en primer lugar evaluar las posibilidades
reales de inclusión de los y las excluidas en moldes que no fueron
pensados para ellos y ellas, sus expectativas, experiencias,
diferencias y necesidades, a la vez que plantearse las modificaciones
sustanciales que su ingreso coloca respecto de las visiones o enfoques
que manejamos con relación al Estado, la ciudadanía, la organización
social, política y económica.
Estas consideraciones deberían desarrollarse tomando en
cuenta la complejidad de nuestros contextos, en donde la idea de
Estado mínimo resulta en la reducción de las responsabilidades
estatales y acarrea la disminución general de las condiciones de vida
para las mayorías. En donde advertimos rasgos fundamentalistas
incorporados a la política, como resultado de las articulaciones de
algunas jerarquías eclesiales con ciertos sectores de la clase
política, y finalmente, en donde las diferencias étnicas, raciales y
culturales obligan al diálogo y al reconocimiento de una diversidad
que desde hace mucho pugna por la inclusión.
Revisar para demarcar las responsabilidades estatales
que constituyen los marcos de garantía para la “ciudadanía
expandida”, es un componente que debería contribuir a generar un
enfoque dinámico de la interdependencia e indivisibilidad de nuestros
derechos humanos.
Por todas estas consideraciones, resulta imprescindible
apuntar al establecimiento de agendas y plataforma concertadas, tanto
como avanzar en razonamientos de tipo estratégico que iluminen los
procedimientos y métodos para alcanzarlas. Hemos logrado
intervenciones exitosas, unas más incluyentes que otras, sin embargo
aún nos hace falta lograr procesos y prácticas más sostenidas.
Aspirar a la profundización y radicalización de una propuesta
democrática incluyente, refundada, supondría desde los análisis de la
realidad latinoamericana:
-
el reconocimiento de la diversidad: cultural, sexual,
étnica - racial, generacional, como un principio básico de la
democracia.
-
la inclusión de principios de justicia redistributiva
como parte sustancial de los nuevos pactos políticos y sociales.
-
la garantía de los Estados del cumplimiento de sus
obligaciones en el marco de los acuerdos a los que llega a nivel
interno y como parte de la comunidad internacional.
-
una revisión respecto de la oposición y jerarquización
de esferas públicas y las privadas.
-
el análisis y la revisión de subordinación de las
lógicas reproductivas respecto de las productivas.
-
la aconfesionalidad de los Estados.
-
Ello supone: la deconstrucción del sujeto
paradigmático sobre el cual se construyó el pacto social moderno, la
política, la ciudadanía, los sistemas jurídicos y las prácticas
judiciales, y una reconstrucción que debería partir del reconocimiento
de los nuevos sujetos políticos contratantes.
Seguir trabajando para evidenciar las lógicas y
situaciones de exclusión y de injusticia, para demostrar los vínculos
entre nuestros cuerpos, la política y la felicidad, así como los
urgentes retos que estas nuevas demandas le plantean a las nociones y
prácticas de la democracia, sigue siendo una de nuestras principales
apuestas. Se necesita mucha fuerza, coraje y persistencia para
hacerlo, necesitamos de todos y todas ustedes para lograrlo.
Lima, enero de 2004
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